Yo soy yo y mi dogma - El SOMA

Yo soy yo y mi dogma

La Gente Entrañable me ha enseñado una cruda realidad: que todo el mundo tiene razón. Entendemos por Gente Entrañable a aquellas personas que podrían ser excelentes vecinas pero que mandan morir y matar a voces y con gruesas palabras en redes sociales, ya sea la señora que protesta contra el Orgullo LGTB o el izquierdista que insulta al Rey. En ellas hay un patrón que se repite: demuestran estar dirigidas por razones igualmente genuinas y poderosas en ambos casos.

Captura de Facebook

Podemos tener nuestras preferencias ideológicas y desdeñar las ajenas, pero no podemos menospreciar que para esas personas sus convicciones son tan fuertes como las nuestras, y que harán todo lo posible por protegerlas. Obviamente, desde nuestra postura vemos un nitidísimo error en el rival, pero el rival lo ve igual de nítido en nuestra postura: la Gente Entrañable de uno y otro signo usa exactamente los mismos argumentos para criticar lo ajeno.

Como consecuencia, hemos de admitir que todo el mundo obra de buena voluntad, aunque creamos que están profundamente equivocados. Bajo esta premisa, el concepto de “buenos y malos” se diluye a un “buenos y buenos equivocados”. Hitler creía actuar bien, sí, pero se equivocaba. No vayan a entenderme mal: no trata esto de hacer una apología de la equidistancia. Más bien al contrario, se trata de entender al rival para poder vencerlo.

A la vez, todo el mundo quiere tener razón. Una persona derechista dará todo el valor a una noticia tendenciosa del ABC, una izquierdista la desacreditará. Naturalmente, pasa exactamente lo mismo pero al revés con una noticia de Público. “Como norma general las personas o bien no se exponen o bien perciben de una manera distorsionada, olvidan o reinterpretan los mensajes que presentan un punto de vista que difiere del propio”, explican Anna Estrada y Miquel Rodrigo, profesores de la Universitat Oberta de Catalunya. “Eso significa que los individuos prefieren recibir información que confirme las propias creencias”, concluyen.

Esopo, en su fábula La zorra y las uvas, cuenta que cuando el animal vió que no podía alcanzar el fruto decidió que ya no lo quería. Es lo que ocurre con el ser humano: justificará cualquier cosa con tal de satisfacer sus apetencias, aliviar sus fracasos o reforzar sus ideas. “Lo bueno de ser un animal con raciocinio”, señaló Benjamin Franklin, “es que uno puede justificar cualquier cosa que le venga en gana”. Esta es la veta que explota generalmente el ultrarracionalismo, y de ahí, por ejemplo, que haya señalado la comodidad de quienes critican la tauromaquia por su crueldad pero siguen comiendo carne, producto de unas prácticas infinitamente más crueles que las corridas de toros. Cuando son expuestos a esta contradicción darán argumentos absurdos, como el oponerse a “matar por diversión”, como si al animal le importara para qué muere o comer un filete no se hiciese por puro gusto.

Captura de Facebook

Ambas cosas, el tener razón y querer tenerla, viene siempre refrendado por los demás. De hecho, casi todas las ideas o argumentos que defendamos van a ser imitadas de otras personas: es muy difícil llegar a un verdadero pensamiento original. En cualquier caso, la pertenencia al grupo ha de ser tomada como una necesidad básica, como cualquier otra relativa a la supervivencia. Erich Fromm en su ensayo El miedo a la libertad así lo señala:

“Las necesidades fisiológicamente condicionadas no constituyen la única parte de la naturaleza humana que posee carácter ineludible. Hay otra parte que es igualmente compulsiva, una parte que no se halla arraigada en los procesos corporales, pero sí en la esencia misma de la vida humana, en su forma y en su práctica: la necesidad de relacionarse con el mundo exterior, la necesidad de evitar el aislamiento. Sentirse completamente aislado y solitario conduce a la desintegración mental, del mismo modo que la inanición conduce a la muerte.”

Esta adhesión le permite al ser humano realizarse, porque obtiene de manera relativamente sencilla una serie de patrones por los que guiarse ante la vida. Es natural y funcional, y no podemos hacer ninguna crítica a este hecho. Sí que es criticable, en cambio, que estas series de ideas ajenas se conviertan en dogma ineludible y se traten de imponer a los demás mediante fuerza bruta. Aceptar una serie de ideas exige siempre la responsabilidad de ser flexible ante quién no le dé la gana observarlas, de lo contrario nos convertimos en Gente Entrañable.

Todo esto se resume en la máxima ultrarracional “Yo soy yo y mi dogma”.

Cuando exigimos justicia, pues, estamos exigiendo una reparación del dogma de nuestra Tribu. Es interesante la forma de exigir justicia de la masa: hasta antes de la aparición de internet esta quedaba restringida a manifestaciones y huelgas que, para que tuvieran éxito, tenían que estar secundadas por un grupo numeroso. En un mundo totalmente mediado solo se podía alcanzar esa masa crítica si los medios de comunicación la secundaban. Es decir: había un filtro, que a la vez, para bien o para mal, dotaba de un contenido.

Pero desde que internet ha abierto las puertas del infierno, la masa hace justicia a través de meme. La única mediación es ahora la del Algoritmo de Facebook, que decide qué veremos o dejaremos de ver en nuestro muro con el único fin de maximizar los ingresos de Mark Zuckerberg. Como hemos visto, a la gente no le gusta enfrentarse a opiniones extrañas que no encajen en su estructura mental, por lo que el Algoritmo tiende a mostrar solo los mensajes más cómodos para cada usuario: así se crea la famosa burbuja de filtro. A la vez, la comunicación bidireccional permite que las masas tengan mucho más a mano el mandar morir o callar: antes había que ir a una manifestación, ahora basta con juntar unos cuantos improperios en un teclado. Y el Pueblo, ágrafo por naturaleza por muchos diplomas que ostente, difícilmente podrá impartir justicia si no es con las vísceras. A golpe de share y like va creando opinión, mientras que el Algoritmo y su burbuja refuerza la cohesión de la Tribu. Sumándose a ella la gente va satisfaciendo su necesidad de pertenencia y su sed de justicia, y sumiendo al mundo en la Era de la Opinión. Mientas, una justicia de igual ira pero distinto signo probablemente se esté fraguando contra nosotros en una burbuja separada por eones de clicks.

Puede parecer esto una reflexión puramente meta-ironic, es decir, que nos las damos de conocer todo y no creemos en nada, especialmente cuando decimos que todo el mundo tiene razón, que es tanto como decir que nadie la tiene. Ciertamente, es un análisis totalmente deleznable: está hecho desde fuera del juego, observando cómo funciona, y no tomando parte en él. Pero no es menos cierto que, aunque tengamos unas inclinaciones personales hacia un lado del tablero, que no es otro que el progresismo, laicismo, feminismo, etc, no podemos dejar de relativizar nuestro compromiso con estos ideales cuando la masa los neopuritaniza, los cupcakiza y los digifascistiza.

Al final de los días solo nos quedará una cosa, y es el humor. Humor que empieza como autocrítica jocosa para luego ser un diálogo con lo ajeno. Nada que no se tome a sí mismo primero a risa puede luego tomarse en serio.

En vista de lo cual cae bastante bajo este artículo con su ostentosa falta de humor. Qué asco.

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Autor

Anónimo García

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