Piadosos y patriotas, sediciosos e impíos - El SOMA

Piadosos y patriotas, sediciosos e impíos

Una mañana de primavera del año 415 a.C., los atenienses se encontraron con que alguien, durante la noche, había mutilado los hermes de piedra por toda la ciudad. Estos hermes eran estelas de mármol de base cuadrangular, rematadas en su parte superior por una cabeza del dios Hermes y con los genitales del dios tallados a media altura. Solo uno de esos falos fue respetado, el del hermes de la tribu Egeida. También se corrió la voz de que, en una celebración privada, alguien había parodiado los misterios de Eleusis. Tanto la mutilación de las figuras del dios como la profanación de los rituales eleusinos fueron interpretadas como un ataque de la oligarquía contra las clases populares y sus creencias religiosas, hegemónicas en aquella Atenas democrática que, la mañana de autos, se hallaba en vísperas de reanudar lo que hoy conocemos como Guerra del Peloponeso. Y lo de las vísperas es casi literal: estaba a punto de zarpar la flota que Atenas enviaba a Sicilia, expedición que reanudaría las hostilidades con Esparta y sus aliados. La flota estaba capitaneada por Alcibíades, y fue Alcibíades el blanco de las principales acusaciones, si bien se le permitió partir y se aplazó el juicio para después de su vuelta (no volvió: se olió el pastel y se pasó al enemigo, pero esa es otra historia).

La muerte de Sócrates

El caso de los hermocópidas disparó entre los atenienses el temor a que se produjera una reacción antidemocrática y, al mismo tiempo, el terror a ser acusados de conspirar contra la democracia. Según uno de los acusados, Andócides, quien se volvería a su vez delator y sería absuelto, la gente huía del ágora por temor a ser arrestada. A Andócides y a otros cuarenta y un ciudadanos los denunció un individuo llamado Dioclides. Apenas habían empezado las delaciones, otro ciudadano llamado Pisandro propuso derogar el decreto que prohibía torturar a un ciudadano ateniense. Tuvo éxito: el decreto fue abolido. El delator Dioclides fue coronado y paseado en procesión por toda la ciudad como un héroe. Los cuarenta y dos acusados pertenecían en su mayor parte a la beautiful people de Atenas y entre ellos figuraba Critias, futuro cabecilla de los Treinta Tiranos que gobernaron Atenas tras la caída del régimen democrático.

Regía por entonces el decreto de Diopites, aprobado probablemente en el año 432 a.C., según el cual podían ser llevados a juicio todos aquellos ciudadanos “que no creen en los dioses o que enseñan doctrinas sobre los fenómenos celestes”. En virtud de ese decreto fue acusado Anaxágoras, reo de un delito de asébeia o impiedad, delito sumamente grave en Atenas pero que solo a partir del decreto de Diopites se convirtió en una limitación de la libertad de expresión (isegoría), hasta entonces uno de los fundamentos de la democracia ateniense. De asébeia fue acusado Protágoras, según Diógenes Laercio, y el resultado de esa acusación fue que tuvo que irse de Atenas, bien al destierro, bien para huir de una condena a muerte (de la que no se libró: el barco en el que huía naufragó y Protágoras se ahogó). De asébeia acusaron también a Diágoras de Melos (condenado a muerte y huido), y a Sócrates (condenado a muerte y ejecutado). De asébeia había sido acusada también Aspasia, la amante de Pericles, según Plutarco, si bien había sido absuelta.

Cuando Platón, en el Gorgias, señala a los culpables del desorden político ateniense, los hace responsables de haber adulado a las masas, cediendo a los impulsos del pueblo en lugar de educarle. A la luz de lo que el propio Platón expondrá mucho más tarde en las Leyes, no es demasiado aventurado suponer que tuviera en mente, entre otros asuntos, la aprobación del decreto de Diopites, teniendo en cuenta sobre todo que Diopites era un adivino, un hechicero que trataba de defenderse de la competencia de tipos como Anaxágoras para quienes la adivinación y la hechicería eran simples supersticiones. Tampoco está fuera de lugar advertir que en la “modélica” democracia ateniense muchos de esos decretos se aplicaban antes incluso de haberlos aprobado y que no solo se estilaba por entonces el debate y la votación en la asamblea sino también el asesinato político. Durante la crisis de los hermocópidas, y en general durante los meses anteriores a la expedición a Sicilia, la apelación al decreto de Diopites fue algo así como el recurso de excepción que permitía acallar a los descontentos y mantener a raya a las heterías contrarias al régimen.

Cuando escribo estas líneas, hace 390 días que están en prisión Adur Martínez, Oihan Arnanz y Jokin Unamuno, procesados por terrorismo y, en calidad de tales, encarcelados dentro del régimen FIES. Se encuentran en las prisiones de Aranjuez, Navalcarnero y Estremera, a más de cuatrocientos kilómetros de sus casas, en la localidad navarra de Altsasu. Allí, en Altsasu, participaron en una pelea junto con otras personas y varios guardias civiles de paisano, el 15 de octubre de 2016. La Audiencia Nacional pide para ellos, y para otros cinco jóvenes en libertad con cargos, unas penas cuya suma asciende a 375 años de cárcel.

Es también la Audiencia Nacional la que mantiene en prisión a Jordi Sánchez y Jordi Cuixart por “sedición”, el mismo delito que se imputa el ex vicepresidente de la Generalitat catalana Oriol Junqueras y a otros siete miembros del gobierno de Cataluña, para los cuales se decretó también prisión preventiva. Junqueras y el ex consejero de interior Joaquim Forn permanecen encarcelados cuando escribo estas líneas, unas horas después de que doce raperos hayan sido condenados (por la Audiencia Nacional) a dos años y un día por “enaltecimiento del terrorismo”.

Si tuviera que explicarle la Audiencia Nacional a un griego del siglo V a.C. le diría que se trata del tribunal que, en España, juzga los delitos de asébeia. Me entendería perfectamente y es posible que hiciera algún signo de esos que, entre los supersticiosos, se usan para exorcizar la mala sombra. Sabría que no hay quien pare esas maquinarias, omnipotentes lo mismo si las guía una asamblea a instancias de un ciudadano particular que si las pilota un juzgado o una fiscalía motu proprio. El reo de asébeia no se enfrenta solo a un tribunal o a un bufete de abogados o sicofantas: se enfrenta al sentir de una mayoría, la cual, bien por ser víctima de la adulación, bien por temer un futuro que intuye poco halagüeño, moviliza todos los recursos simbólicos de la tradición en defensa de una cohesión social que en esos momentos se le aparece como la mayor de las virtudes.

Obligados a elegir entre mantener una democracia corrupta o volver a la tiranía, los atenienses votaron por la primera opción aunque supusiera cárcel, destierro o muerte para muchos de sus conciudadanos sin garantía jurídica alguna. Para ello no tuvieron empacho en hacerse pasar por gentes pías y devotas, o en exagerarlo si ya lo eran. No sé yo si muchas de esas banderas que se ven en nuestras calles pasarían la prueba del nueve del patriotismo, pero sé que da lo mismo porque, igual que la piedad hacia los dioses del Olimpo, lo que importa es parecer patriota, decir muchas veces España, aunque no venga a cuento, y celebrar con chistes de hace cuarenta años que, al igual que hace cuarenta años, la patria goza de calma.

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Autor

Xandru Fernández

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