Las fake news son fake news - El SOMA

Las fake news son fake news

¡Nos invaden las noticias de mentirijilla! ¡Mentiras insidiosas disfrazadas de rigor y con el único objetivo de radicalizarnos y convertirnos en enemigos de todo lo que es bueno y bello en el mundo! Nos lo dicen políticos nacionales, internacionales y nacionalistas, poniendo el grito en el cielo y alzando los puños al cielo cuales pararrayos. Lo reconoce un compungido Mark Zuckerberg entre lloros, sus valores en bolsa hundidos y su carrera política abortada por culpa de los bots con los que trece eslavos en chandal de Simago han puesto al sistema patas arriba. Nos lo dicen desde los más serios opinólogos del Washington Post hasta el esquivo Julian Assange desde el interior del tocador en el que está refugiado en Ecuador. Nos lo dicen, en definitiva, todos aquellos en los que debemos confiar como poseedores de la verdad si queremos que esto siga renqueando.

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Estamos siendo corrompidos por lo que llamamos ahora fake news pero que en las columnas de opinión algo más almidonadas han bautizado como posverdad, y si somos honestos esto debería ser todo lo que necesitaramos escuchar para saber con qué seriedad tomar la amenaza de las trolanoticias. Porque amigos, amigas: si queréis libraros de los púlpitos modernos, huíd siempre del que pone el “pos” delante de otra cosa. Vivimos en una era en la que el “pos” se ha convertido en el capirote con orejas de burro que colocar sobre todo aquello que nos inquieta pero que preferimos etiquetar en lugar de estudiar, tal y como aprendimos jugando al Buscaminas de Windows 95. ¿Sería posible que posverdad no quisiese decir absolutamente nada? Tebdríamos que tener en cuenta primero que el concepto de las fake news nació como un insulto de recreo, un grito que se popularizó tras las últimas elecciones americanas, otro regalo de las huestes demócratas a Donald Trump, al igual que lo han sido otros términos del trumpismo como alt-left o deplorables, que comenzaron como torpes insultos hacia Naranjito y que este –bien curtido en el arte de ser el macarra más chulo del patio de primaria— convirtió en parte de su propio arsenal de manera burda pero efectiva, como todo lo que hace. No se trata en el fondo más que de la versión política del “ven, cuatro ojos, que te vas a comer las gafas”.

¿Pero qué son realmente estas fake news? Fake news son las noticias de la CNN y de todo aquel que hable feo del presidente, según lo defina el propio presidente, por supuesto. Pero cuidado, que también son fake news todas aquellas que nieguen que la mano torba de Vladimir Putin esté detrás de cualquier arruga fea del sistema político americano, o todas aquellas que duden que la senilidad del señor Trump no es más que una máscara tras la que se oculta un hábil estratega—parte Sun Tzu, parte Patton—que sólo mediante su dominio del ajedrez heptadimensional ha logrado derrotar a Hillary “Aliada de los Dioses” Clinton. De hecho, todo lo que sea presentado en forma de noticia es extremadamente susceptible de ser fake news, y el columnista avieso se ha percatado de que esta “era de la posverdad” proporciona muchas nuevas avenidas por las que pueden caer columnas.

Pero por supuesto que no debemos que estemos en una nueva era donde la verdad haya dejado de ser relevante, una proposición que debería sonarnos ingénua si no sospechásemos que hay intereses oscuros tras ella. Porque de existir, la era de la posverdad en política no habría empezado hace un par de años sino alrededor del año 3200 antes de Cristo en algún lugar de Mesopotamia, es decir, aproximadamente cuando aprendimos a escribir. Incluso puede que existiese desde antes, pero es muy difícil interpretar si una pintura rupestre está mintiendo o diciendo la verdad, especialmente ahora que sabemos que los neandertales ya hacían sus pinitos artísticos. ¿Fue quizás la primera pieza de fake news que los neandertales se habían muerto ellos solos? Nunca lo sabremos.

El viejo Platón, tan querido de las aristocracias, ya se quejaba de que Atenas se estaba convirtiendo en una teatrocracia en la que los dramaturgos gobernaban a base de tragedias que el pueblo tomaba como ciertas. El irlandés Edmund Burke se quejaba de que durante la Revolución Francesa los púlpitos franceses desinformaban y radicalizaban a la población. El argumento es tan viejo como la propia idea de verdad. ¿Dónde estaba la verdad verdadera cuando Hearst y Pullitzer son colgaron el sambenito del hundimiento del Maine para arrastrarnos a la guerra, cuando, o cuando Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva con tal certeza que nos metimos en su casa a matar a unos cuantos miles de civiles?

No vengáis con que todo esto lo han descubierto ahora Trump y —en menor medida— los nacionalistas catalanes, infelices. Estos llamamientos a la Verdad con V mayúscula, normalmente acompañados de sonoros golpes en el pecho y de gráficas terroríficas (gráfico 1, "deterioro de la verdad": al principio del eje, un niño rechoncho gorgotea con sus gafas de realidad aumentada mientras come potitos sin gluten; al final del eje, las hordas comunistas violan a sus dos madres ante sus famélicos ojos), estos gritos de que estamos comenzando una nueva era en la que la realidad ya no existe, estos llantos añorando el retorno de un estilo de hacer política que jamás existió, no son más que otro intento de poner una barrera de entrada para que los de los harapos con BluRay, los del voldemortproletariado (ese que no se ha de nombrar), se queden fuera. Otro requisito formal más para que calles y pagues, mientras los de siempre cobran.

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Biyu

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