La sociedad del microespectáculo - El SOMA

La sociedad del microespectáculo

“Si tu perro se ha graduado en la escuela de entrenamiento, si era su cumpleaños, o si simplemente está cachondo, por 50 dólares puedes gratificarle sexualmente.”

Así presentaba un comunicado de prensa el primer “prostíbulo para perros”. Estaba en  Nueva York y en él los dueños podían recompensar a sus mascotas con una “sabrosa selección de putas calientes”. El comunicado se remitió el 4 de febrero de 1976, y fue acompañado de una presentación para prensa. La cadena WABC TV se interesó por ella, pintando a su promotor como un despreciable chulo de perros que explotaba animales inocentes por dinero. Esto inflamó a las autoridades, a la protectora de animales, la policía de Nueva York, el ayuntamiento y varias organizaciones religiosas y humanistas, que demandaron el cierre del prostíbulo hasta el punto de que una citación judicial del fiscal general, junto a 2 dólares para un taxi, llegó a la puerta del lupanar canino.

El 1 de abril, día de los Santos Inocentes en Estados Unidos, su promotor dio una rueda de prensa en la oficina del fiscal general en respuesta a la citación. Anunció que todo había sido una pieza de performance conceptual. Un bulo. La causa se desestimó, pero WABC TV nunca desdijo la historia, dejando a millones de personas creer la existencia de la casa de citas canina. Cuando luego le preguntaron sobre el tema, la cadena argumentó que el promotor del prostíbulo había dicho que era una farsa para evitar la causa judicial. Puede que esta persistencia fuera porque su reportaje había ganado un premio Emmy.

El artífice de esta broma mediática es Joey Skaggs, un culture jammer especialista en este tipo de acciones. Heredero directo del situacionismo (y por rebote del surrealismo y el dadaísmo), el culture jamming pretende introducir ruido en la señal que el espectáculo emite al Pueblo. Toma de Guy Debord la noción de “sociedad del espectáculo”, en la que la realidad está totalmente mediatizada: es una acumulación de espectáculos que no son un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes. El espectáculo se presenta a sí mismo como una vasta realidad inaccesible que no puede ser cuestionada; su premisa es: “Lo que aparece aquí es bueno, y lo que es bueno aparece aquí”.

Bajo este paradigma, el culture jamming critica el oligopolio de los medios, “invisible para el consumidor, que sigue viendo multitud de cabeceras”, y la “tubería unidireccional de información, que solo transmite, nunca recibe”, según palabras de su principal teorizador, Mark Dery. Skaggs lo justifica así: “Como simple ciudadano no puedo dar una rueda de prensa para decir que los medios de comunicación se han convertido en una máquina de propaganda gubernamental, que nos manipula para creer que tenemos que ir a la guerra en Oriente Medio. Pero como un media jammer puedo revelarlo creando una noticia falsa. Estoy demostrando lo fácil que es engañarnos para el Gobierno y las grandes empresas.”

El cultural jamming tuvo su mayor repercusión en las décadas de 1980 y 1990. El primero en teorizar sobre él fue Dery, primero en 1990 en un artículo en The New York Times y luego en un ensayo de 1993 conocido como el “Manifiesto jammer”. En esa época, con un internet incipiente en Estados Unidos, Dery se pregunta:

¿Las noticias serán sustituidas por programas locales, con sus cándidas historias de cachorros rescatados e impactantes historias de caos sinsentido, pegadas entre sí con cotorreo insípido? ¿O los grandes medios de comunicación darán paso a innumerables canales de noticias, cada uno de los cuales es un conducto de información sobre eventos globales, nacionales y locales? ¿Podrán los teleperiodistas ciberpunk, equipados con una Super 8, escaners y un PC, piratear emisiones legítimas? ¿O, en una situación de infinito ancho de banda e innumerables canales, simplemente tendrán su propio espacio? (...)

La esperanza es eterna, incluso en el ciberespacio. Los jammers se animan ante la promesa de un nuevo paradigma mediático –interactivo en lugar de pasivo, nómada y atomizado en lugar de estático y centralizado, igualitario en lugar de elitista. (...) Este medio nos brinda la posibilidad (aunque sea ilusoria) de que podemos construir un mundo no mediado por autoridades y expertos. Los roles de lector, escritor y crítico son tan rápidamente intercambiables que se hacen cada vez más irrelevantes en una comunidad de co-creación. (...) Como señala Gareth Branwyn, editor de un fanzine online, “la saturación actual de herramientas relativamente baratas de comunicación tiene un potencial tremendo de destruir el monopolio de ideas en las que hemos vivido durante tanto tiempo.” Un ordenador personal puede ser configurado para trabajar como una imprenta, un set de televisión, un estudio de grabación, o el nodo de un boletín internacional. “Podemos ver un futuro en el que cada persona tiene un nódulo en la red”, dice Mitch Kapor, presidente de la Electronic Frontier Foundation, un grupo que trabaja sobre la libertad de expresión, la privacidad y otros asuntos constitucionales en el ciberespacio. “Todas las personas podrán publicar. Ello es mejor que los medios que tenemos ahora.”

Estas palabras cargadas de esperanza se nos antojan hoy cándidas e ingenuas. Todos los anhelos que manifiesta Dery se han cumplido, pero tan en exceso que se han vuelto todo lo contrario de lo que esperaba.

Por una parte, la proliferación de los medios de comunicación online ha roto el oligopolio mediático tradicional. Ello, en lugar de contribuir a una mayor democratización de la información, ha generado extremismo, noticias falsas y una tendencia a la banalización y el clickbait. La media verdad y el amarillismo extienden ya su dominio toda la red. “El País publica por error un titular con información sin manipular”, leíamos hace poco en un medio online: era una noticia verdadera.

Muchas personas, desconocedoras de las reglas de internet, dan esas informaciones como veraces, generando fantasmas en sus cabezas y creando una sociedad cada vez más polarizada. Desaparecida por goleada la figura del gatekeeper, que decidía qué era noticia y que no en los medios de comunicación tradicionales, muchos nuevos medios online o blogs tienen por premisa precisamente subvertir el pensamiento imperante (sus eslóganes son “La información alternativa”, “Políticamente incorrecto”, “El sitio de los inconformistas”, etc.), de manera que cualquier información, por muy extremista o absurda que sea, tiene cabida. Las personas que siguen estos medios a menudo se autoconsideran más conscientes que las demás, al sentir que conocen informaciones que el grueso de la población no sabe o no aprueba.

El sueño de los culture jammers, sembrar el caos informativo, se ha hecho pesadilla. Durante la campaña electoral de Donald Trump en Estados Unidos, las 20 noticias falsas más populares fueron más veces compartidas que las 20 noticias más compartidas de grandes medios. Y, aunque el 62% de la ciudadanía en Estados Unidos se informan a través de las redes sociales, el director de Facebook, Mark Zuckerberg, dice que “es de locos” pensar que ello ha influido en la victoria de Trump.

Sin embargo, Facebook y Google, los dos titanes que luchan por el monopolio de internet, juegan un papel importante en la creación y difusión de noticias falsas. Facebook, cuyo Algoritmo intenta representar fidelignamente la voluntad popular, dirige gran cantidad de tráfico a las webs de noticias falsas, mientras que Google les brinda dinero a través de su plataforma Google Ads, con la que cualquiera puede poner anuncios en su web en cuestión de minutos. Para ambas plataformas y los creadores de las noticias hay beneficios; para los demás, Trump. El oligopolio de los medios se ha roto, pero ahora existe el duopolio de los gestores de internet.

En España ocurre algo parecido. La noticia más popular sobre Albert Rivera en 2016 era falsa: que quería recuperar la mili para ninis.

Servicio militar obligatorio

Al final, el éxito de las noticias falsas nes el éxito del capitalismo. Mediterráneo Digital publicó “¿Por qué las feministas son más feas que las mujeres normales?”, que tuitearon indignadas Inés Arrimadas o Ana Pastor. Su director lo celebra: “Nos están poniendo a caldo, contaba con ello. El artículo no es ninguna tesis doctoral. Es una crítica al movimiento feminista, que nos parece una chorrada, pero busca un tono jocoso y la gente entra al trapo”. En una semana llegó al millón de lecturas, dando a la web una ingente cantidad de ingresos a través de Google Ads.

Además, la increíble rotación de noticias, falsas, verdaderas o absurdas, crea una sobreinformación que conduce al infraconocimiento. Es cada vez más difícil encontrar información veraz y relevante, y la cantidad de artículos que pugnan por el tiempo de los usuarios hace que muchas personas medien con la realidad solo a través de titulares que, como hemos visto, son abiertamente tendenciosos. Noruega creó presuntamente en 2015 una policía de animales. Veterinarios.info calcó una información de un medio en español y cambió solo “España” por “Noruega”. Las fotos y los nombres de los ministros seguían siendo de Noruega. Pero dio igual. Facebook celebró la pieza de veterinarios.info con 270.000 compartidos.

Esta realidad a medias de internet sigue definiendo nuestra realidad, mediatizando aun más el mundo. Las informaciones que recibimos ahora están atomizadas, y parten de muchas fuentes en lugar de unas pocas. El Pueblo está empoderado, pero no tiene nada que ofrecer. Se siente consciente y solo ve mentiras. Hay donde elegir, pero lo único que cambia es que la sociedad del espectáculo que criticaba Debord se ha convertido en una mucho más siniestra “sociedad del microespectáculo”.

Foto: Facebook

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Autor

Anónimo García

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