Editorial - El SOMA

Editorial

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Durante las elecciones catalanas del último 21 de diciembre, una de las preocupaciones del gobierno español, al menos según lo formulaban sus portavoces oficiales u oficiosos, era combatir la ola de fake news que los rusos de Putin estaban preparando para influir en el proceso. Puede que no mintieran y que, efectivamente, les preocupase esa eventualidad. Puede, incluso, que hubiera una campaña rusa de desinformación perfectamente diseñada. Pero también es posible que ni lo uno ni lo otro y que la preocupación en sí misma, tal y como la manifestaron entre otros el ministro español de Asuntos Exteriores, no fuese otra cosa que una fake news diseñada por el gobierno español y sus palmeros para influir en la cosa catalana. ¿Cómo podemos decantarnos por una versión en detrimento de la otra? Para poder hacerlo habría que conceder crédito a alguna de las fuentes, blindar su credibilidad frente a terceros y expedirle algún tipo de certificación de buena praxis informativa frente a sus rivales. Lo que las fake news nos muestran y hace que debamos considerarlas un objeto informativo novedoso con respecto a otras formas tradicionales de manipulación, tergiversación y propaganda, es que el contrato originario que ligaba a ciudadanos y medios de comunicación se ha roto y con él la posibilidad de confiar en que haya alguien que no quiera mentirnos.

En las redes sociales, el fenómeno de las fake news, que hasta cierto punto pueden considerarse una modificación del bulo de toda la vida gracias precisamente al efecto multiplicador y amplificador de esas redes, se entrelaza en una simbiosis casi perfecta con la proliferación de cuentas falsas y campañas de desinformación que a veces rayan la chapuza y otras dan juego a la parodia. Un ejemplo contundente es el que se produjo hace unos meses en Asturies, cuando un usuario de Twitter reveló que llevaba meses engañando a la extrema derecha y haciéndose pasar por un militante activo contra la cooficialidad de la lengua asturiana.

El usuario, que firmaba con el nombre de Plataforma Educación, consiguió colar bulos de antología, como el que afirmaba que en un instituto de Xixón, en 1º de la ESO, se hacía leer a los alumnos de Cultura Asturiana (asignatura que no existe en la ESO) el libro Faer Asturies: La política llingüística y la construcción frustrada del nacionalismu asturianu (1974-1999), del historiador estadounidense Patrick Zimmerman. La parodia fue eficaz incluso después de que el propio usuario la destapara, puesto que permitía compararla con otros bulos difundidos por plataformas ligadas a la extrema derecha con la intención de desprestigiar al movimiento de reivinidicación lingüística y cuyos “argumentos” empieza a usar también el PP en su cruzada contra la oficialidad del asturiano.

Desde que la Federación Socialista Asturiana, hace unos meses, aprobara incluir entre sus principios la defensa de la oficialidad del asturiano, se ha hecho sentir el nerviosismo entre los detractores más activos de esta medida, tanto dentro del propio PSOE como, de manera explícita, en el Partido Popular, que ha visto que le venía bien el tema para explotar la exaltación españolista que aún colea después del referéndum y las elecciones en Cataluña. Parece que se haya abierto la veda y que cualquiera con temores atávicos a la pluralidad lingüística pueda dar rienda suelta a su capacidad imaginativa y, con ayuda de las redes sociales, poner en circulación bulos dignos del más experimentado o inexistente hacker ruso. Quién sabe si Putin intervendrá también en nuestras cuitas psicolingüísticas. Lo cierto es que pocos ya se extrañarían.

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