Declaramos al acusado... - El SOMA

Declaramos al acusado...

"Ebrios patanes del jurado"

Homer Simpson

Homer Simpson

Si en época de los griegos fue el teatro el que dio forma a la ciudad y a la sociedad, en el siglo XX ha sido el cine y la televisión quienes lo han hecho. Hemos ido forjando nuestras ideas de cómo han de ser las cosas y cuál es su forma correcta según las hemos ido viendo en la pantalla: las relaciones, el amor, la familia, la guerra, el mundo del trabajo y también la justicia se han ido redefiniendo a través del cine y nosotros, como sociedad, nos hemos ido adaptando a esas imágenes y conformando así una nueva forma social de relaciones y representaciones . Mientras las nuevas herramientas de comunicación social, Facebook, Twitter, Youtube, Snapchat, se van consolidando y generando nuevas formas de comportamiento social, aún tenemos que conformarnos con las creadas en el siglo pasado por el cine y la televisión.

La justicia es el consenso social sobre lo bueno y lo malo y sobre cómo organizar las relaciones entre las personas. La justicia es en este caso una virtud social. En su desarrollo formal la justicia es la codificación de esas normas sobre lo bueno y lo malo en forma de leyes que se aplican por jueces y personas especialmente designadas que son imparciales y que también ejercen la mediación ante los conflictos entre particulares y entre la ciudadanía y las instituciones.

Nuestra imagen de la justicia, tanto en su desarrollo teórico como formal, ha pasado inevitablemente por el tamiz del cine y, posteriormente, del mundo televisivo. Incluso en países como España, cuyo sistema judicial difiere del norteamericano, tendemos a representar, idealmente, las imagenes relacionadas con la justicia a imagen y semejanza del cine y las series judiciales que Hollywood ha ido construyendo.

Ley y Orden versus CSI

Un juicio no es más que un enfrentamiento entre dos relatos, el de la acusación y el de la defensa, sustentados (o no) por una serie de pruebas físicas. Su forma, por tanto, no ha variado mucho desde los tiempos de los griegos y romanos. Al final, los jueces o los jurados se dejan convencer-conmover por uno de los dos relatos, el más verosímil, el mejor hilado, y dictan sentencia. Estarían de este modo más cercanos a lo que durante décadas nos han mostrado series como Ley y Orden, donde la supuesta resolución policial de un caso no siempre es sustentada en los tribunales, que a series como CSI en las que todo se basa en las pruebas físicas. En estos procedimentales a penas se hace mención a los juicios y no difieren mucho de las resoluciones a lo Agatha Cristhie: basta con mencionar que en el zapato había un trozo diminuto de un tipo de barro que solo se da en el barrio del sospechoso para que este confiese. Un poco como cuando Poirot comenta su teoría sobre un asesinato mirando fijamente al responsable que acaba confesando delante de un montón de testigos sin la necesidad de que el detective belga aporte prueba alguna que sustente su acusación. Los procedimentales tipo CSI han generado un nuevo prototipo de policía en el imaginario colectivo pero apenas han influído en nuestro concepto de justicia y en nuestras representaciones sobre los juicios; en todo caso han hecho a los delincuentes más conscientes de la necesidad de borrar sus huellas.

Sin embargo en Ley y Orden se nos muestra que la labor policial no es tan relevante en la consecución de una condena y que la retórica, la capacidad de producir un relato verosímil y la capacidad de convencer, pero sobre todo conmover, son las claves para conseguir un veredicto. Ley y Orden sigue escupulosamente todos los lugares comunes del cine judicial desde la perspectiva de la acusación. Y, como defenderemos en esta pieza, subyace, como es habitual en este género, una confianza absoluta en el sistema, a pesar de que se pierdan casos, porque en el fondo está sustentado por buenas personas.

Algunos hombres buenos

El cine judicial se basa, principalmente, en la confianza absoluta en la bondad de los seres humanos y, por ende, en la confianza en el sistema que, a pesar de sus fallos, funciona porque puede ser enmendado gracias a la voluntad y la integridad de las buenas personas. De ahí que cuando se encara en este cine la pena de muerte se haga siempre bajo la prespectiva de la irreversibilidad.

El cine judicial surge como género tras la Segunda Guerra Mundial, quizás inspirado por el impacto de los Juicios de Nuremberg, y alcanza su esplendor durante los años del mcartismo y la presidencia de Kennedy.

Podemos considerar que El joven Licoln -de John Ford y rodada en 1939- anticipa prácticamente todos los tópicos y características del cine judicial norteamericano. Ford traza la biografía de un joven Abrahan Licoln deteniéndose sobre todo en su primera victoria como abogado. Rodada en los albores del estallido de la Segunda Guerra Mundial, la película es una apología del compromiso con la verdad y la justicia y sobre todo demuestra que un solo hombre empeñado en luchar por lo que es justo puede cambiar el curso de la historia. No es casualidad que su protagonista sea Henry Fonda. Fonda representa en el cine fordiano, pero también en la iconografía norteamericana, la imagen del hombre honesto, del buen ciudadano. Un par de lustros después Fonda pondrá rostro al jurado honesto en una de las películas icónicas de este género: Doce hombres sin piedad.

La mirada cristalina de Fonda refleja la inocencia y la integridad moral y es, junto a James Stewart y Spencer Tracy, el tercer eje de la tríada de hombres justos, de perfectos ciudadanos, de abogados honestos del cine hollywoodiense clásico. Aunque Stewart y Tracy son la versión algo más cínica, beoda y sarcástica de Fonda, en el fondo a los tres les mueve el mismo espíritu de búsqueda de la verdad por encima de las consecuencias y las presiones.

Henry Fonda

El cine judicial, al igual que el cine negro -género del que nace-, es un cine con una fuerte carga política y de denuncia social. Es un género que sirve de testamento de los distintos períodos históricos del siglo veinte y ejemplifica el compromiso político e izquierdista de parte de la industria hollywoodiense. El cine judicial sirve de plataforma para denunciar el marcartismo, se compromete con la defensa de los derechos civiles y también fue fiel reflejo de las esperanzas que Kennedy alimentó en parte de la sociedad americana.

El juicio de Scopes

La manera más efectiva para denunciar el macartismo, la injusticia, la falta de democracia, la corrupción o el racismo es ver en pantalla cómo un tribunal toma decisiones injustas y sobre todo ver cómo las toma a sabiendas de que lo son. Es por esto que películas como La herencia del viento son un potente alegato por la libertad de pensamiento. Cuenta además con una de las mejores y más sentidas interpretaciones de Spencer Tracy en el papel de abogado defensor. Tracy caracterizó a su personaje con una serie de atributos que se convertirán en clásicos en el cine, desde los tirantes pasando por su sarcasmo y que, de manera inconsciente, permanecen aún en el imaginario colectivo como el estereotipo del abogado de pueblo, inteligente, combativo, algo borrachín, honesto y justo. Basta con echar un vistazo a las múltiples veces que este estereotipo ha servido de base para la paradia en Los Simpson, hasta el punto de que la trama de La herencia del viento se calca en el episodio El hombre mono.

La versión regia de esta encarnación la tenemos en Gregory Peck en la adaptación de la novela de Harper Lee Matar a un ruiseñor. Gregory Peck-Atticus Finch, con su taje de lino blanco y alto como una torre, impasible, calmado y, por encima de todo, justo y valiente es la imagen no de la Justicia, sino de todo lo que es justo. Es el abogado de pueblo, siempre un poco torpe y fuera de lugar, sin artificios pero tremenedamente inteligente e íntegro que encarna en sí mismo todos los valores de la democracia.

Matar a un Ruiseñor

En ambas películas el veredicto del juicio nos golpea como una bofetada en la cara. funcionando así como mecanismos perfectos para denunciar tanto el fanatismo religioso y la censura (La herencia del viento) como el racismo y el segregacionismo (Matar a un ruiseñor). Los dos filmes toman partido por la defensa de los derechos civiles y de la libertad de expresión y de pensamiento precisamente mostrando que no es posible que haya Justicia ahí donde no hay libertad. La herencia del viento es una potentísima crítica del macartismo mientras que Matar a un ruiseñor se alinea con la defensa de los derechos civiles en plena batalla contra el segregacionismo en el Sur de EEUU. Hoy en día la carga política de ambas películas sigue estando vigente, pero si estos dos filmes resaltan es porque fueron capaces de construir dos prototipos de personajes, no solo en el plano del carácter sino también en el estético, que se han ido repitiendo a lo largo de la historia del cine. El abogado solitario capaz de enfrentarse a todo y a todos en busca de la justicia y la verdad. El prototipo del héroe cotidiano norteamericano. Bien sea en su versión mas cínica como el encarnado en el cuerpo de Charles Laughton en Testigo de cargo pero también el Jack Thompson de Medianoche en el jardín del bien y del mal, el Tom Cruise de Algunos hombres buenos e incluso la Julia Roberts en Erin Brocovich que, a pesar de no ser abogada, cumple con todas las carácterísticas propias de estos personajes.

Hay una versión más amarga de este prototipo, el abogado en decadencia que encuentra en un caso su tabla de salvación laboral y moral: como Dustin Hoffman en Sleepers, Morgan Freeman en Toda la verdad, Susan Sarandon en El cliente, James Stewart en Anatomía de un asesinato, Paul Newman en Veredicto final o Denzel Washington en Philadephia.

La versión más modosa y tradicional, la del héroe incorruptible y solitario, la encontramos prácticamente en todas las adaptaciones de las novelas de John Grisham, desde el Matt Damon de Legítima defensa hasta el Matthew McConaughey de Tiempo de matar o el Tom Cruise enfrentándose a su bufete corrupto de La Tapadera, pero también es Emma Thompson en En el nombre del padre, Dustin Hoffman en El Jurado, McConaughey de nuevo en Amistad, Jeffrey Hunter en Sargento Negro (a pesar de sacarle la confesión al verdadero asesino a golpes en el estrado) o Cher en la inverosímil pero entretenidísima trama de Sospechoso en donde llega a colaborar con un sexy miembro del jurado para demostrar la inocencia de su cliente.

Otro tópico recurrente en este género es la poca estima hacia la figura de la acusación y la fiscalía. En estos filmes el fiscal actúa como antagonista, es la figura negativa que antepone la ambición política por encima de la ley y la justicia. Bastar recordar al fiscal interpretado por Kevin Spacey en Tiempo de matar, más preocupado por el impulso político que el caso le puede dar a su carrera que por hacer justicia. Solo en casos puntuales la figura del fiscal sale fortalecida, bien sea en películas donde el punto de vista y la empatía recaen desde el principio en el lado de la acusación y la policía como es el caso de la ya mencionada Ley y Orden o cuando la figura del fiscal se asemeja a la del abogado defensor dispuesto a hacer justicia "aunque se abran los cielos", como Kevin Costner en JFK, el idealista solitario y comprometido con la verdad a pesar de todos y de todo. También funcionan como encarnaciones de la justicia entendida esta en términos iusnaturalistas, este es el caso de de Richard Widmark en Vencedores y vencidos o como ejemplos de la corrupción del sistema. Así en la muy notable La noche cae sobre Manhattan, Sidney Lumet denuncia la corrupción y el racismo de la policía y la complicidad de la fiscalía y, por ende, de la clase política, con los métodos y formas policiales. En este film, Richard Dreyfuss, que encarna al abogado defensor del narcotraficante, acaba siendo más honesto en sus intenciones que aquellos que dicen defender la ley.

A lo largo del tiempo hemos ido viendo cómo se desplazaba el eje del mal, que ha pasado de ser encarnado por políticos corruptos o por poderes fácticos a tomar la forma de las grandes corporaciones, bien sean muntinacionales que contaminan y destrozan el medio ambiente y la vida de sus empleados y sus familias (Acción Civil, Erin Brocovich), grandes aseguradoras (Legítima defensa) o empresas armamentísticas (El jurado). Por ende, los abogados encargados de defender los intereses de estas grandes corporaciones son también los grandes villanos del cine judicial, con varias cabezas de ventaja frente a los abogados de la mafia y los narcos o incluso por delante de los abogados especialistas en divocios, estos últimos carne de mofa en la irregular Crueldad intolerable e incluso llegan a protagonizar una comedia romántica: Hasta que la ley los separe (que yo recomiendo encarecidamente que no se vea). El abogado siniestramente vulgar intrepretado por Robert Duvall en Acción Civil o todo el bufete de abogados de Philadephia con Mary Steenburgen a la cabeza, son el paradigma de este prototipo de nuevos villanos.

Abogada soltera que siempre va en minifalda

Abogada soltera

Y llegaron los noventa, y los noventa fueron como los ochenta pero con algo más de pudor estético y por tanto menos divertidos. Sin hombreras, sin cardados y sin mallas de vinilo, solo quedaban el capitalismo salvaje y las ganas de hacerse rico inflando todas las burbujas que uno se podía encontrar a su paso. Y así como Tess McGill encarnó en el cine el glamour de dedicarse a especular, Allly McBeal encarnó a la abogada idiota que entendía el ejercio de su profesión como una sucesión de caso absurdos, seguidos por una retahila de pucheros, trajes de Calvin Klein, música horrible y como vehículo fácil para el ascenso social. Al final todo quedaba reducido a la búsqueda de pareja. Esta serie representó todo lo absurdo del pensamiento neocon, redujo toda la existencia vital de su protagonista a la búsqueda de un hombre, el empoderamiento femenino a llevar minifalda y el éxito laboral a ganar dinero. Fue el antecedente de Sexo en Nueva York pero sin estilismos divertidos. Y sobre el derecho nos enseñó que cualquier idiota podía llevar a jucio a cualquiera en EEUU y que siempre habría un abogado dispuesto a defender los intereses de ese idiota. En definitiva, colocó en despachos elegantes y con ropa de lujo al tipo de abogado que, hasta ese momento, representaba con mucho más garbo e ingenio Walter Matthau en En bandeja de plata. De paso McBeal borró de un plumazo el recuerdo de series como La ley de Los Ángeles que durante ocho años, y con más o menos acierto, habían conseguido llevar a la pantalla y hacer populares problemas como el racismo en la fuerzas policiales, el acoso sexual o la brecha salarial: Steven Bochco, su productor, consiguió trasladar al mundo de la abogacía el tono naturalista y humano que tan bien le había funcionado en Canción triste de Hill Street.

El medio televisivo parece amar el mundo de la abogacía, cada año se estrenan series que suelen repetir el mismo esquema de caso autoconclusivo y vida complicada del abogado-abogada de turno. Con más o menos acierto. Con más o menos gusto.

Las más populares en los últimos años han sido Shark, con un James Woods haciendo de James Woods hasta el delirio, Daños y perjucios que arrancó bien mostrando las miserias de los abogados "tiburones" pero acabó siendo un culebrón sustentado, eso sí, en una magnífica Glenn Close; Boston Legal, quizás la más politizada y con momentos bastante interesantes, que enfrentaba a dos abogados, uno conservador y otro liberal, con toques de humor absurdo; las delirantes Scandal y Cómo defender a un asesino y El abogado, creada por David E. Kelly, el responsable (¿o deberíamos decir presunto culpable?) de Ally McBeal. El abogado fue una serie muy popular, sensiblera y con tendencia a caer en el culebrón, que durante ocho años lideró los índices de audiencia y que se centraba en un despacho de abogados expertos en derechos civiles y casos criminales que tienen que lidiar con sus problemas de conciencia y el derecho de todo ciudadano a recibir la mejor defensa posible.

Destaca por encima de todas ellas la miniserie de la HBO The night of en la que un John Turturro superlativo da vida al arquetipo de abogado tirado y putero que se redime gracias a un caso complicado. The night of no es exclusivamente una serie de abogados, en ella podemos encontrar muchas capas de lectura distinta y despliega una espléndida reflexión sobre el racismo, el clasismo y sobre todo cómo una vez puesto en marcha, el sistema judicial es una máquina insensible que actúa presuponiendo la culpabilidad del acusado.

El cliente

Pero la serie que probablemente haya sido la reina indiscutible en los últimos años del género legal televisivo es, sin duda, The good wife. En The good wife quedan expuestas las grandezas y las miserias de la era Obama y sobre todo es un espejo que nos ha ido enseñando en tiempo real el alejamiento de las élites liberales norteamericanas de la realidad tras la explosión de la burbuja económica, como dejó de manifiesto la derrota de Hillary Clinton frente a Donald Trump. The good wife, llena de buenas intenciones, con personajes femeninos fuertes, contradictorios y poderosos, con sus casos comprometidos y muy cercanos a la realidad política del país, resume, en sí misma, todo lo que el progresismo norteamericano fue incapaz de entender sobre lo que había sucedido en su país y que, con matices, podemos trasladar a Europa. Lo que Alicia Florrick y Diane Lockhart no pueden entender es que, con sus trajes de miles de dólares, sus apartamentos inmensos y su estilo de vida, están a años luz de las vidas de los millennials y sus trabajos precarios o de las clases medias empobrecidas y desorientadas. Tratar de dar lecciones morales desde las alturas resulta muy complicado. El mundo post crisis o post reajuste capitalista necesita de nuevos héroes como Atticus Finch o Reggie Love, con sus trajes baratos, luchando por pagar las facturas; si no los encontramos, tendremos que conformarnos con los Saul Goodman de turno. Y todo este viaje habrá sido para nada.

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Autor

Silvia Cosio

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