Sobre viejas y nuevas religiones o el divino control social - El SOMA

Sobre viejas y nuevas religiones o el divino control social

«Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella…»
(Sagrada Biblia, Nuevo Testamento: Mateo 16:18)

Cuando en aquellas míticas primarias apostólicas Jesucristo le dijo a Simón /Pedro (el pescador, no Sánchez el pecador) que él sería la roca sobre la que edificaría su Iglesia (y que las puertas de Felipe González -¡uy, perdón!, del Hades- no prevalecerían contra ella), poco podía prever (o igual sí lo preveía, que para eso era Dios mismo hecho hombre) el monstruo teocrático que estaba despertando… Y es que el auxilio de una divinidad cualquiera resulta muy conveniente para un ejercicio de la tiranía menos sometido a resistencias (siempre desagradables, oiga, porque, en el mejor de los casos, exigen un esfuerzo suplementario para domeñarlas y, con frecuencia, esa doma acaba en algunos tipos de manchas de lo más indecorosas y difíciles de quitar)... No hay más que ver cómo, hoy en día, los pseudodemócratas de la casta política que ejercen la representación de los amos del mundo, aparentando defender los intereses de sus votantes, bien pueden tornar la Constitución en texto sagrado (alejado de cualquier más o menos casual avatar histórico) para ser usado a conveniencia. Porque, ante las muestras de tanta devoción constitucional, todos nosotros, súbditos en tiempos del ocaso del Estado-nación, tendemos a mostrarnos más comprensivos con sus pequeñas tropelías, ilegalidades y desafueros... Ante sus fervorosas menciones de la Carta Magna, acabamos por creérnoslo y evitamos rebelarnos, caemos en la silente sumisión porque, al fin y al cabo, el nuevo libro sacro está de su lado.

Pese a todo, uno (y mucha gente como uno), ante el tétrico caos que nos rodea, tiene a veces la tentación de buscar algún dios, cualquier dios, al que poder encomendarse... Las fuerzas y poderes que determinan el oprobio globalizado aparecen ante nosotros como tan colosales y terribles que resultan inconmensurables desde nuestra humilde ciudadanía de a pie; así que acaso sintamos la necesidad de acudir a esa vertiente “consoladora” que la propia tradición marxista reconocía en el opio religioso del pueblo.

Pero, ¿qué le vamos a hacer?, uno es racionalista y no puede...  Para ser más exactos, ni siquiera, en realidad, quiere. Porque en el fondo, y hasta en la superficie, uno sabe que estas “pruebas de resistencia” a las que cada día son sometidas nuestra paciencia y nuestra capacidad de supervivencia por los gobiernos de turno, los mercados o los voceros del sistema, sólo pueden ser superadas por nosotros mismos… Recuperando y diversificando, primero, las viejas formas del apoyo mutuo para, después, pasar de la respuesta a la batalla por otros mundos posibles en los que eso que llamamos la Humanidad esté muy por encima de los Mercados y en los que la Justicia sea algo más que el rótulo que figura en esos edificios habitados por seres togados.

Power Rangers como vírgenes

Pero, sí, hay que reconocerlo… A veces, con relativa frecuencia aquí y ahora, tenemos la impresión de que los mecanismos que mueven el mundo marchan solos, según unas leyes propias e inexorables, insondables y ajenas a la humana condición, de tal modo que para nada les influyen los posibles efectos que puedan tener sobre nosotros y en nada se ven afectadas por nuestras acciones más o menos voluntarias… Este tenebrismo determinista nos lleva a buscar sustitutos para los viejos dioses (así, en masculino, porque los seres supremos siempre han sido muy machos; incluso los de mayor poder en el caos orgiástico de los panteones politeístas) e, inevitablemente, pretendemos que, partiendo de alguna representación terrenal, posean algún tipo de proyección supramundana y atemporal. Vamos, como esos mercados sacralizados por el liberalismo de todos los tiempos bajo la forma de esa mano oscura por la que se anulan las subjetividades de los seres humanos que en ellos participan para, en un asombroso sortilegio que se renueva en cada instante de forma inefable e infalible, hacer la mejor atribución posible de los recursos utilizables. En realidad, para esos mercados, de hecho, es como si estuviésemos ya muertos, pues nuestra voluntad concreta es absolutamente irrelevante... Somos tierra en la que lo de menos es lo que esté sembrado, pues nuestro valor es únicamente el del solar... Un terreno por el que nadie llorará, al que nadie recordará cuando pase a manos de los más diestros intermediarios y especuladores (perdón, emprendedores, la nueva comunidad elegida). Y es que, más allá incluso de lo que dicen los Economistas Frente la Crisis, coordinados por Jorge Fabra, en su libro No es economía, es ideología (2012), el neoliberalismo ha terminado por convertirse, en este tiempo de capitalismo rampante, en una nueva religión... La de los poderosos. Y nos impone sufrimientos para mayor gloria del Dios Mercado, que serán compensados en el más allá de un Tiempo Celestial en el que todo se convertirá en Gran Superficie para el éxtasis permanente de un consumo sin límites (¡así no sea!).

No podemos, por tanto, compartir (ni respetar) la creencia en ese dios mercachifle (ni en cualquier otro)… No podemos, por ejemplo, aceptar actitudes tan contradictorias como la de Martin Gardner, ese azote de falsarios y nigromantes, fiscal de toda pseudociencia y de cualquier creencia infundada, abanderado de una ciencia que divulgaba con gracia y rigor, que, pese a todo, tenía una fe que sabía ajena a cualquier razón, prendida precariamente del mero deseo subjetivo («Estoy satisfecho de confesar con Unamuno que no tengo fundamento de ninguna clase para mi fe en Dios aparte de un deseo vehemente de que Dios exista y de que yo y otros, no dejemos de existir.», decía en The Whys of a Philosophical Scrivener, 1988)… Porque el problema es que el mero deseo subjetivo, el sentimiento particular de necesidad con respecto a una voluntad creadora, es argumento endeble para afirmar indubitablemente su existencia, por más que en ello se empeñasen Pascal o Unamuno. Pero, concedámoslo, hasta ahí vale: los deseos y sentimientos, mientras no interfieran con las formas de vivir de los demás, son cosa de cada cual y se mueven en el estricto ámbito de lo subjetivo, de lo particular, de lo privado. Otra cosa es la Iglesia edificada sobre Pedro (cualquier Iglesia asentada sobre cualquier condición iluminada por cualquier divinidad), porque esas instituciones creadas para “consagrar” las creencias admisibles y “condenar” las creencias sancionables, pretenden usurpar las voluntades y controlar las conductas del común de los mortales no sólo por vía directa (fieles), sino también, y esto es lo verdaderamente grave, por vía indirecta, a través del control político de las normas civiles (que obligan también a los infieles).

Y es que casi todas las personas dedicadas, con esfuerzo más taimado que loable, a decirnos cómo debemos vivir resultan (o debieran resultarnos) racionalmente sospechosas... Nos lo suele decir la casta política cuando nos pide esfuerzos personales y colectivos o nos anima a consumir, cuando exige que nos apretemos el cinturón o que ayudemos con nuestra liberalidad en el gasto a que prosperen los negocios de sus colegas, cuando nos afea el “haber vivido por encima de nuestras posibilidades” o cuando trata de vendernos las bondades de eso que llaman “la cultura emprendedora”... Nos lo suele decir, claro, algún gurú de guardia, religioso o médium, desde sus increíbles credos o supersticiosas supercherías... Nos lo suele decir incluso, con mejor o peor voluntad y menos énfasis cada día, gente dedicada al “magisterio de los valores” (entendidos como principios de acción eternos e inmutables o normas sacralizadas por consensos nada explícitos) en los que “debemos ser instruidos” para que, como decía textualmente la Ley Orgánica de Participación, Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes (1995) del efímero ministro pixueto Gustavo Suárez Pertierra, “sepamos a qué atenernos”… Nos lo dicen, en fin, seres con cierta tendencia, casi “profesional”, a representar lo que no son y a quien no deben, al fingimiento, al discurso vacuo e, incluso, a la interesada mendacidad... Seres, en fin, que hablan de creencias en las que no creen, de hábitos nada habituales en su día a día, de formas de vida según las cuales nunca han vivido. ¿Cómo fiarnos, pues, de quienes no dudan en cometer crimen tan detestable de ignorancia e hipocresía?

La verdad os hará libres, dicen que proclamaba Jesucristo (esa especie de sabio ácrata de O Evangelho Segundo Jesus Cristo, 1991, de José Saramago)... Pero, luego, ¡venga decálogos y guías de buena conducta! (¿para seres incapaces de guiarse por sí mismos?), ¡venga institucionalización de una Iglesia sobre un buen montón de mitos,  falacias y mentiras! (perdón, dogmas, como el de esa Santísima Trinidad, una y trina, o la infalibilidad de todos los sucesores –incluyendo los más disolutos y avarientos de poder, como nuestros Borgias- de aquel Pedro sobre cuya piedra se edificó el invento)...  

Así que no es extraño que Mijaíl Aleksándrovich Bakunin, aquel ácrata de carne y hueso, nacido hace poco más de dos siglos, en su devoción única a la libertad como condición absoluta de lo humano, afease la hipocresía racionalista de los ilustrados franceses (saber racional sin dioses para la burguesía pujante, religión para guiar y mantener bajo control al pueblo no ilustrado) para proponer la inversión del versillo volteriano, “si Dieu n’existait pas, il faudrait l’inventer”... Porque esa consideración instrumental de Dios como fuente básica del control sobre “los parias de la tierra”, no puede resultar más repugnante a cualquier mirada mínimamente libertaria... Y lo es, precisamente, porque libera a Dios de todos sus atributos (incluida la existencia, más allá del debate medieval sobre la naturaleza de los términos universales  y, en consecuencia, la imposibilidad misma de considerar la existencia como un atributo más de los seres particulares) para obligar a la humanidad al seguimiento de unas normas cuya legitimación parece pasar a ser el único núcleo socialmente relevante de la esencia divina volteriana (¡qué tentación poner, donde se dice Voltaire, Alberto Ruíz Gallardón, José Ignacio Wert o Jorge Fernández Díaz, como arteros legitimadores, Conferencia Episcopal mediante, de la contención del pueblo ante los designios de recorte y desregulación Montoro-De Guindos del sistema de garantías ciudadanas!; pero acaso fuera excesivo considerarlos tan ilustrados). Por eso al bueno de Mijail Aleksándrovich, como a nosotros, tales usos “racionales” de la divinidad, siempre le parecieron un poco insultantes para quien se atreviera a sentirse siquiera un poco parte del pueblo («Amantes y envidiosos de la libertad humana, y considerándola como la condición absoluta de todo lo que adoramos y respetamos en la humanidad, doy vuelta la frase de Voltaire y digo: si dios existiese realmente, habría que hacerlo desaparecer», llega a decir en Dieu et l'état, 1871-1882)... Porque lo verdaderamente importante es garantizar la realización plena de la esencia de todo ser humano (sea noble, burgués o plebeyo), la libertad.

¡Ojalá (término paradójicamente procedente de la expresión “law sha'a Allah” árabe, “si Alá quisiera”), en un marco material de justicia y solidaridad universales (más allá de la confianza bakuniniana, un poco ilusoria, en la bondad natural de toda persona), algún día esa libertad sea posible! Aunque, como decía Günter Wilhelm Grass, «Dios –según Nietzsche– está muerto, / pero, como arma de usos múltiples, /sigue siendo operativo. / Y, al no estar protegido por patentes, / es comercializado en todo el mundo.» ("Breve homilía dominical" en Acuarelas, 2002)… Y es que, cuando el mayor de los dislates (cualquier “guerra santa” o el asesinato de un blasfemo, por ejemplo) se pone en boca de un dios tonante,  hasta la estupidez, el latrocinio y la felonía se legitiman.

Nunca ha estado por esa labor, claro, la Conferencia Episcopal Española… Su Dios, uno y trino,  le ha dictado, aprovechando que hasta los dictadores caducan, el texto de un Concordato... Y ahora lo invocan para imponer la oferta obligatoria de las últimas noticias de su Santísima Trinidad hasta en las enseñanzas no obligatorias (o sea, en la Educación Infantil y en el Bachillerato). Y al grupo popular en el Senado o al exministro Wert les parecía bien. ¡Todo sea por hacer una “política salvífica”! Mientras tanto, acaso seis mineros morían en Pola de Gordón sin que ni dios se acordase de su (mala) suerte... Y quienes los habían vejado, menoscabado, insultado y hostigado con tenacidad desde el poder acudían prestos (como buenos patrones al estilo de “La Planta 14” de Víctor Manuel) para presentar a las familias sus condolencias y encomendar el alma de los muertos a sus dioses... Y a todos los gobernadores, alcaldes e ingenieros o al Ministro del ramo les parecía bien... Parece, en general, que a todas las personas fieles les parece bien lo que dicen sus dioses, precisamente porque sus dioses dicen siempre, curiosamente, lo que esas personas quieren oír, lo que legitima sus intereses nada celestiales (de hecho, muy terrenales). Así que a esas buenas gentes fieles (y con poder, real o interpuesto) las palabras de sus dioses les parecen siempre oportunas y atinadas... Por eso, como dicho queda, se apresuran a convertirlas en ley humana que obligue universalmente. Para que el reino de sus dioses sí sea de este mundo... Y coincida con el suyo propio, por supuesto.

Y es que, aunque en buena parte del mundo económicamente desarrollado el proceso de secularización ha evolucionado con éxito en las conciencias de la ciudadanía, generando ambientes “razonables” de convivencia tolerante, las religiones institucionalizadas, gestoras de alguna representación operativa de la divinidad, mantienen un “poder en la trastienda” derivado de las potencialidades residuales de todo dios como legitimador de arbitrios políticos. Por eso también, ese poder político, los Estados y sus estructuras formales, no tiene ningún interés en responder a esa razonable “secularización ciudadana” con propuestas socialmente sensatas de ritos de paso de nacimiento, adolescencia, madurez, proyectos personales de vida o muerte capaces de sustituir el control que las religiones institucionalizadas siguen manteniendo sobre dicha ciudadanía… Ritos de paso, por cierto, que parecerán extraños incluso al postmoderno progresismo de un Kichi dispuesto a condecorar sus vírgenes como luchadoras contra pestes y maremotos, o se contemplarán como burdas imposiciones del centralismo laicista desde la óptica de Teresa Rodríguez (¿considera, acaso, su libre pensamiento que la legítima identidad popular periférica es la ignorancia?), o le parecerán a Pablo Iglesias una salida demasiado fácil del urbanita de izquierdas al “reto intelectual” que tales actos políticos de devoción mariana le proponen.

El Estado moderno (y las fuerzas vivas que constituyen los poderes reales en cada contexto social) siempre supo perfectamente que la religión era un excelente aliado para el control del pueblo (ya vimos cómo Voltaire consideraba que la moral es la religión de los fuertes, como la religión debe ser la moral de los débiles) y, por eso, dios, aunque “racionalmente muerto” (léase, si se quiere, “innecesario”), podía y debía seguir prestando valiosos servicios como “arma de usos múltiples”... Sobre todo para deslegitimar y demonizar las disidencias y resistencias. Y, ¡aprendan los mercaderes y defensores del copyright!, para tales usos instrumentales siempre fue mejor la carencia de patentes protectoras... Porque, ¿qué mejor que un dios dúctil y hasta acomodaticio, capaz de comercializar esas nuevas funciones según las peculiaridades de la demanda de cada pueblo y situación?

Al final, como bien señalaba Blas de Otero, nos queda la palabra… Esa palabra fue, es y será, sobre todo y ante todo, más allá de la inevitable condición de signo, tiempo, años de auroras que presienten ocasos, de esperanzas desesperadas, de desengaños que aún buscan horizontes en las sombras del mundo... Devenir que persigue un mañana que nunca llega. Nombres que, en fin, poco más hacen que señalar nuestra propia finitud para mostrarnos con trágica belleza que, nietzscheanamente humanos, demasiado humanos, lo nuestro, lo único que nos queda, es conversar. Teniendo claro siempre que, como diría Ricky Gervais, «las ideas no son personas; no tienen derechos. Podemos criticarlas y ridiculizarlas; no es intolerancia... Tal acusación sólo surge para callarnos».

No nos callamos: la vida es un viejo problema... Pasamos por ella, alegres o tristes según nuestro talante y las situaciones que nos envuelven, exigiéndole siempre un poco más... Sin duda por eso triunfan las religiones; porque son capaces de tranquilizar a la gente con el aplazamiento (irrefutable por incomprobable) de ese “poco más”. Y por eso tiene tan mala prensa el materialismo; porque, convencido de que “hay lo que hay”, no deja ningún resquicio a la esperanza en más allá alguno (ni tan siquiera en una oportuna multiplicación de los panes y los peces).

Y, en realidad, la actitud más meliflua ante el tema de dios es la de quien, empirista, no dice ni sí ni no porque sus sentidos no han podido (nunca podrán) agotar las experiencias sensoriales de este mundo... Así que se conforma con un “parece (o no parece) improbable, pero ¿quién sabe?”... Por eso el agnosticismo es también tan melifluo: ¿cómo a alguien en sus cabales puede parecerle irrelevante que haya o no un más allá repleto de transcendentes y eternos premios y castigos?... El que los sentidos no lo puedan corroborar de modo alguno no quiere decir que esté más allá de “la lógica de este mundo”.

De hecho, queda más allá de la experiencia sensorial posible de cualquier ser humano el comprobar si en el universo todo hay o no unicornios azules (o de cualquier otro color, que tampoco es cuestión de ponerse exquisito con estos simpáticos bichejos), pero, ¿cuánta gente adulta (con la racionalidad bien desarrollada) admitiría la posibilidad de su existencia?

Así que mejor nos dedicamos, aquí y ahora, a luchar por mejorar lo que hay, sin vanos actos de propiciación de la voluntad de entes inaccesibles… Conversando con el vecindario.

Acerca de

Autor

Nacho Fernández del Castro

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