Polvo eres - El SOMA

Polvo eres

"Así pues, por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y con el pecado la muerte, y la muerte pasó a todos porque todos pecaron."
(Romanos 5, 12)

Siempre me ha parecido curioso asistir a funerales católicos -en esta parte del mundo en que vivimos es difícil asistir a funerales que no lo sean- y escuchar atentamente el sermón del cura desde el púlpito, hablando sobre la resurrección, la vida eterna en Dios y el tratamiento de pecador que se hace por igual a absolutamente todos los finados, independientemente de los años que haya vivido y de -y esto me parece muy importante- cómo haya vivido, me resultan siempre demasiado impostados. Mismo discurso para diferentes personas.

Cementerio

Formamos parte de una sociedad donde la religión aún tiene un peso considerable en nuestra forma de vida. No en vano procedemos de miles de años de tradición judeocristiana, con un código moral férreo que extiende sus tentáculos por todo occidente y que toca aspectos de la vida privada de las personas tan dispares como su vida sexual, lo que debe o no sentir, cuál es la forma moralmente correcta de vivir y por supuesto, de morir y -para los que nos quedamos- de vivir la pérdida.

Para centrar el foco de este artículo -hacer partícipe al lector de que hay formas laicas de enfrentarse a la muerte sin necesidad de profesar ninguna doctrina religiosa- hagamos para empezar, un poquito de historia ritual.

El rito.

A lo largo de la historia de la humanidad, podemos encontrar diferentes ritos y costumbres funerarios. Ya en la prehistoria se engalanaba al difunto con su ajuar, adornos y demás parafernalia que hubiese poseído en vida demostrando una concepción de la muerte como una prolongación de la vida con unas necesidades más o menos similares. Sirva como ejemplo saber que el hombre de Neardenthal pintaba a sus muertos con ocre rojo y los ataviaba con amuletos.

Los egipcios, por su lado, suponían que el alma necesitaba de la conservación del cadáver para sobrevivir, de ahí los embalsamientos y momificaciones.

El pueblo azteca creía en la existencia del paraíso y del infierno, preparando a sus muertos para luchar a lo largo de un camino lleno de obstáculos. Al final de ese camino les estaba esperando el señor de los muertos, quien decidía sus destinos.

En el norte de Europa creían profundamente en la inmortalidad del alma, tanto es así que tenían una fe ciega en que había una recompensa más allá de la tumba. La vida del difunto era considerada como una continuación de la vida terrenal y por ello entregaban a los muertos la mejor parte de sus propiedades, así como objetos de primera necesidad. Colocaban además una moneda bajo la lengua del muerto para que éste pudiera asumir los gastos durante su viaje al más allá.

La similitud que encontramos en estos ritos, de diferentes períodos y culturas, es que absolutamente todos cumplen una función social importante, y como podemos observar aunque distintos en la forma, siempre los encontramos vinculados a creencias simbólicas en relación a la existencia de una vida después de la muerte.

Sin embargo, es con el cristianismo con el cual esta creencia se afianzará de tal manera que incidirá incluso en la forma de vivir la vida. Para los católicos, la muerte forma parte de la vida, ya que la verdadera vida, la vida eterna, comienza a partir de la muerte. Los católicos creen en la resurrección y equiparan la vida terrenal con un viaje, en el cual el destino y no el camino, sería lo importante. Por ello, abrazan a la muerte con serenidad, incluso con alegría y esperanza: el difunto se va a encontrar con Jesús y por fin, accederá a la vida eterna.

La muerte no es el fin, es el comienzo, como puede entreverse de las siguientes citas:

"En tus manos encomiendo mi espíritu."
(Lc.23:26)

"Al fin de los tiempos, la muerte quedará destruida para siempre, absorbida en la victoria."
(I Cor.15:26)

"La Muerte es la compañera del amor, la que abre la puerta y nos permite llegar a Aquel que amamos."
(San Agustín)

"Dios, Padre Todopoderoso, apoyados en nuestra fe, que proclama la muerte y resurrección de tu Hijo, te pedimos que concedas a nuestro hermano xxxx, que así como ha participado ya de la muerte de Cristo, llegue también a participar de la alegría de su gloriosa resurrección."
(Oración Colecta de la Misa de Difuntos)

Lo que parece quedar soterrado en esta forma de elaboración de duelo -llamémosla espiritual-, entre tanta esperanza, tanta alegría de reencuentro con Cristo y tanta fe, es que el cuerpo terrenal sí fallece y lo que perdura es el alma. En efecto, el cristianismo (como otras muchas creencias, por ejemplo los hindúes creen que hasta el agua tiene alma) recurre a la figura del alma que es la parte que no muere aunque el cuerpo fallezca, para invocar al aspecto simbólico de la inmortalidad humana.

Prácticamente todas las religiones entienden al cuerpo y al alma como dos cosas diferentes, unidas en este mundo, pero que indefectiblemente se separan cuando ocurre la muerte; el cuerpo, parte material; el alma, parte inmaterial, etérea. La diferencia radicaría en lo que ocurre con el alma tras la muerte, ya que no todas las religiones consideran que sucede lo mismo. Judaísmo y cristianismo -tradición que nos atrapa con sus lazos aunque no nos consideremos creyentes- consideran que el alma de los pecadores en vida será juzgada por Dios y recibirá un final atroz, amén de ser destruida -en el infierno para ser más concretos- en el caso de la fe católica. Este final desolador no deja de ser un imaginario de torturas atroces para controlar a las ovejas descarriadas. Control, dicho de otro modo, de cómo cada cual quiere y desea vivir su vida.

Pero, ¿dónde nos dejan todas estas doctrinas a los ateos, agnósticos y demás fauna no creyente? ¿Cómo podemos enfrentarnos desde una perspectiva laica al hecho de la muerte? ¿Y al hecho de lo que hay después de ella? Por suerte, tenemos un apoyo desde la ciencia que puede ayudarnos a pasar por el trance de la muerte, de una forma racional y alejada de sobrenaturalismos: la psicología.

Partiendo de la premisa de que antes de nacer no somos nada (para el catolicismo el alma es creada por Dios en el mismo momento en que óvulo y espermatozoide se unen), ¿qué nos hace pensar que sí seremos algo tras la muerte? ¿Hay posibilidad de que partiendo de una tábula rasa (imaginemos a una niña o niño creciendo en un entorno totalmente aséptico en cuanto a referencias culturales o teológicas se refiere) lleguemos a saber a ciencia cierta si la idea de "dios", o de "más allá" es innata como pudieran ser otras ideas innatas de valor evolutivo como el miedo a las serpientes?

El escritor Émile Herzog, bajo su seudónimo André Maurois, lo explica muy bien al escribir: "...bien las religiones tienen razón en lo de que el alma es inmortal y, entonces no moriremos, bien el alma perecerá a la vez que la carne, con lo cual no sabremos que estamos muertos. Por lo tanto, vive como si fueras eterno, porque realmente lo eres".

El duelo.

El duelo es un proceso psicológico que podemos definir como una alteración que se produce en las personas tras sufrir una pérdida importante. Esta alteración generalmente se reconoce porque la persona reacciona a todos los niveles: físico, emocional y conductual.

No voy a dejar de reconocerle a las religiones que han sabido aprovecharse muy bien de este proceso psicológico para calmar y tranquilizar a sus fieles, e incluso lo consideraría como positivo si del otro lado de la moneda no lo hubieran utilizado para amedrentarles y controlarles. El duelo se resuelve de una forma muy satisfactoria si creo fervientemente que mi ser querido se ha ido al seno de Dios y a partir de ahora tendrá una vida mucho más plena y feliz que la de los pobres mortales que nos quedamos en tierra. Los fieles se ven abocados a sentir cierta envidia por no ser ellos quienes ocupen ese lugar. Este aspecto lo ilustra estupendamente la película "Camino" de Guillermo Fesser, donde los personajes sanos constantemente utilizan esta palabra -envidia- para referirse a cómo se sienten ante la muerte de la enferma. El fin es ser uno con Dios y por tanto, la muerte es esperada con ansia.

¿Pero qué ocurre en personas que no tienen el sentimiento religioso tan inculcado? La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, definió cinco fases del duelo, aunque vaya por delante que dependiendo de la persona no tienen por qué darse todas las etapas, ni necesariamente tienen por qué ocurrir de una forma progresiva:

  1. Fase de negación, en la cual la persona se niega a sí misma o al entorno que ha ocurrido la pérdida.
  2. Fase de enfado, indiferencia o ira, que sería el estado de descontento por no poder evitar la pérdida que sucede. Se buscan razones causales y se produce la culpabilidad.
  3. Fase de negociación, en la cual la persona negocia consigo misma o con el entorno, entendiendo los pros y contras de la pérdida. Se intenta buscar una solución a la pérdida a pesar de conocerse la imposibilidad de dicha solución.
  4. Fase de dolor emocional (o depresión). En esta fase se experimenta tristeza por la pérdida. Pueden llegar a sucederse episodios depresivos que deberían ceder con el tiempo.
  5. Fase de aceptación. Se asume que la pérdida es inevitable. Supone un cambio de visión de la situación sin la pérdida; siempre teniendo en cuenta que no es lo mismo aceptar que olvidar.

Las personas religiosas van pasando estas etapas apoyadas en su fe ciega en Dios, pero ¿cómo enfrentarse al proceso de duelo sin apoyarse en la religión?

Aunque la forma de enfrentarse al duelo depende mucho de la orientación psicológica del profesional al que se acude, es importante reconocer que el hecho fundamental ante una resolución satisfactoria y rápida del duelo es la culpa. Los sentimientos de culpa impiden siempre que se llegue a la fase de aceptación y mientras esos sentimientos estén presentes, el duelo se considerará no resuelto, pudiendo llegar a ser patológico.

En mi trayectoria profesional, de todas las estrategias de resolución de duelo que he podido conocer, la que más me ha impresionado por su efectividad es el M.A.R. (Movimiento hacia el Agradecido Recuerdo) creado por Carlos Odriozola. Se centra fundamentalmente en la toma de conciencia por parte de las personas que no consiguen elaborar su duelo, de los sentimientos de culpa ante el hecho de la muerte del ser querido. Estos sentimientos de culpa pueden ser por acción, por omisión o por rehacer la vida.

Cada persona es un mundo, pero ejemplos claros de culpa por acción pueden ser tras un accidente de tráfico, culparse de haberle comprado al hijo la moto o el coche; o tras una enfermedad larga, por no haberle contado la verdad sobre su enfermedad, no haber intentado la cura por otras vías, etc.

Por omisión en cambio, encontramos sentimientos de culpa tan variados como no haberle dicho más veces te quiero, no haberle abrazado más, etc.

El tercer sentimiento de culpa, el de rehacer la vida es uno de los que más daño pueden hacer, porque la persona vive el volver a ser feliz como una traición hacia el fallecido por lo cual sería muy importante identificar que está sucediendo para poder trabajarlo cuanto antes.

La finalidad es por supuesto terminar cualquier tipo de relación (aunque nos estamos centrando en el duelo por fallecimiento se utiliza en otros tipos de pérdidas, como puedan ser rupturas de pareja, abortos, pérdida de un trabajo, de mascotas...) de una forma serena y armoniosa, con un buen sabor de boca y con agradecimiento.

No debemos olvidar que en la integración efectiva del duelo, además de trabajarlo, son importantísimos otros factores como el apoyo social de nuestro entorno y el mantenimiento de hábitos de vida saludables. Hablar sobre la muerte, aceptar lo que sentimos, cuidarse, hablar sobre nuestro ser querido fallecido compartiendo anécdotas con otras personas en similar situación y recordar y celebrar la vida de nuestro ser querido es vital para salir adelante. Pueden parecer muy obvias, pero lo cierto es que ayudan.

La mayoría de personas consigue superar la pérdida y continuar con sus vidas. Eso nos hace pensar que por naturaleza, los seres humanos tenemos gran capacidad de resiliencia. Es cierto que a veces el duelo se complica y es necesario acudir a un profesional para salvar algunos escollos, pero es más fácil asumir esta problemática si tenemos en mente que el proceso de duelo no es inmediato, sino que lleva su tiempo y que dado que el dolor es personal, también lo será nuestra forma de enfrentarnos a él y por ende, la forma de superarlo.

Sin embargo, es cierto que las ceremonias o rituales ayudan psicológicamente a familiares y amistades a despedir al fallecido (sobre todo si el sacerdote tiene mano y no se centra en el dolor y las miserias de la vida), por ello, la idea de un funeral aconfesional podría ser la respuesta: dar un homenaje y merecida despedida a nuestro ser querido. Son momentos en los que nos vemos necesitados de altas dosis de empatía, necesitamos fuerza y valentía y qué mejor que la unión de todas las personas que querían al finado, recordándole juntas, contando anécdotas, compartiendo el dolor, y a la vez casi sin pretenderlo, luchando contra él. No en vano, como ya apunté antes, tanto hablar sobre lo sucedido como la red social (en su versión analógica) son elementos indispensables en la integración efectiva del duelo. Despedida para el difunto, proceso terapéutico para los vivos. En este sentido, los anglosajones nos llevan cierta ventaja en cuanto a ceremonias laicas se refiere. La maravillosa serie "Six feet under" (A dos metros bajo tierra) es una prueba, directa, sin morbo y con grandes dosis de humor, de ello.

En España, desde hace algunos años, algunas funerarias (pero también empresas especializadas en este servicio) parecen haberse puesto las pilas, ya que de pronto han sido conscientes -quiero creer que no solo somos un nicho de mercado- que las personas no religiosas, al considerar que ésta es la única vida que tenemos, vivimos con más intensidad e intentamos por tanto, disfrutarla más y compartir más momentos preciosos con nuestra familia y amigos. La ceremonia es totalmente personalizada, generalmente según los gustos del difunto y además de un orador que hace las veces de guía (bien un allegado, bien una persona externa) puede haber discursos de otras personas, música e incluso comida y bebida. Dependiendo de la familia más cercana y de la personalidad del fallecido, la ceremonia será más seria o más emotiva, pero siempre será de gran ayuda para los asistentes, como un paso más en la integración a nivel psicológico de lo sucedido.

Para finalizar, quiero recordar el pensamiento del poeta y filósofo romano Tito Lucrecio Caro -declarado enemigo de cualquier religión- para que por un lado, sirva de resumen y por otro, nos empuje a salir de nuestro ensimismamiento y nos disponga a vivir con intensidad nuestras vidas:

“Es injustificado el temor a la muerte; ésta es el fin de toda angustia, el más tranquilo sueño, el eterno descanso. El que ha gozado debe retirarse de la vida como huésped satisfecho; el que ha sufrido, recibir gustoso a la que viene a cortar el hilo de sus desventuras. Sabemos todos que es indispensable morir, y no debe la hora del morir preocuparnos. Nada hay para nosotros más allá del sepulcro.”

Acerca de

Autor

Cristina B. Rabanedo

Compartir