Patosas del mundo - El SOMA

Patosas del mundo

"¿Dónde está el balón? ¿dónde está el balón?". El balón estaba donde cabía esperar: reventando una nariz y tirando unas gafas al suelo. La dueña de las gafas y de la nariz soy yo con 8 años en el patio del colegio. Y esto solo fue el principio. Para mí, y durante mucho tiempo, era todo así: caerme de la bicicleta nueva sin haberme llegado a montar en ella, romperme la nariz con el manillar y clavarme la catalina y los piñones en las piernas; perder el equilibrio con los patines y fracturarme la muñeca; recibir una patada en el diafragma y quedarme sin respiración durante una clase de judo…

Desde que tengo memoria he tenido también complejo de patosa. Todos los deportes eran deportes de riesgo. Pero yo lo intentaba. Y ¿acaso lo importante no es participar? Se me olvidaba aquella prueba de triatlón en la que, ¡'cómo no!, me animé a participar. Aquel episodio reescribió la definición de «bochornoso» en el diccionario de María Moliner. La organización iba recogiendo la vallas publicitarias que yo iba dejando atrás mientras que en la meta ganaban tiempo empezando la entrega de premios. Pero yo sólo tenía en la cabeza el lema con el que mi tía, que caminaba en paralelo, forjaba los anclajes que sostendrían en un futuro mi férrea voluntad competitiva: "Venga, Tere, que lo importante es acabar, mujer".

Y así fue como, con más o menos esfuerzo, fui acabando casi todo lo que me propuse.

Partido de hockey patines

Pero el «click» no llegó hasta que me marché a vivir a Marruecos. Mi profe de educación física del instituto hizo muy buenas migas con mi familia y, con la colaboración necesaria de una servidora, consiguió enterrar bajo varias capas de músculo, el pesado sambenito de patosa y culogordo. Desde los 12 hasta los 16 años empecé a sentirme realmente bien haciendo ejercicio: nadaba, jugaba al voleybol, montaba en bicicleta, incluso hice algunos pinitos con el fútbol. Todavía pienso que podría haber revolucionado el mundo del fútbol femenino con el sobrenombre de Mara Dona.

Pero no. Al volver a Asturies lo tuve claro: quería retomar el hockey patines, aquel deporte que me había enganchado ya antes de marcharme a Marruecos. Por aquel entonces sólo había dos equipos de hockey femenino en Asturies, el Mieres, un histórico, y el Solimar de Gijón, un equipo muy joven pero con mucha proyección. Escogí el Solimar.

El mismo día que volví a ponerme los patines y conocí a mis compañeras de equipo supe que quería quedarme allí mucho tiempo. Pero la niña patosa que creía que había conseguido hacer desaparecer y que estaba, al fin, enterrada en lo más profundo de la nueva Tere, la Tere que ahora era una deportista de élite, por desgracia no había dicho aún su última palabra. De hecho, se manifestó enseguida de la forma más escandalosa e inapropiada: después de tantos años sin jugar, sin entrenar, sin pulir ni actualizar mi técnica, era tan sumamente mala jugadora que el equipo técnico se resignó a intentar prepararme para ser portera. Y resultó que tampoco se me daba tan mal. Igual es que algo portera sí que había sido siempre yo.

Así que empezamos a prepararnos y a jugar a nivel semiprofesional, lo que hizo que en unos pocos años estuviéramos en la máxima categoría y plantando cara a los favoritos.

Mejor aclaremos lo que significa ser semiprofesional: es ser semiprofesional en dedicación, esfuerzo y tenacidad porque la parte económica es ya otro cantar. En eso éramos auténticas... semiprecarias. Igual que ahora.

Por aquel entonces yo estudiaba la especialidad de Educación Física en Magisterio. Y mi máxima aspiración como educadora era que nunca más, en ninguna parte, ningún niño o niña se sintiera patoso/a. O, al menos, no tan patosa como yo me sentía de pequeña. Quería demostrar al mundo que con un buen profesor/a de educación física todos los niños/as pueden hacer grandes avances y experimentar la emoción de rozar con las yemas de los dedos un premio que parece, en principio, inalcanzable para ellos/as.
Las chicas del Solimar conseguimos ganar varios títulos importantes y ocupar alguna página detrás del omnipresente fútbol. Fue en esa época cuando recibí una propuesta del Liceo A Coruña, uno de los grandes equipos de la categoría, para jugar con ellas mientras compatibilizaba la liga con mis estudios en INEF, cumpliéndose así una de mis mayores aspiraciones, poder cursar la carrera superior de educación física. Era una oferta imposible de rechazar a la que no pude ni quise negarme.

Allí, en Coruña, a medida que me iba convirtiendo en una «veterana», me fui desvinculando poco a poco del hockey y centrándome más en los estudios. Acabé la carrera. Volví casa, a Asturies, para así desarrollar el que ahora es mi proyecto personal y profesional, el que ocupa todo mi tiempo... y un poco más: la actividad física específica para embarazadas y para mamás recientes.Para que así muchos bebés puedan tener como referencia unas mamás más activas y orgullosas y para que puedan adquirir, más pronto que tarde, el gusto innato por la práctica deportiva.

Hoy aún sigo en contacto con mis antiguas compañeras de hockey. El Hostelcur Gijón acaba de ganar la OK Liga femenina. Un mito heroico («erótico» no: «heroico») que las han hecho merecedoras de 30 segundos en el telediario.

Es todo un logro esos míseros 30 segundos, un logro para el equipo asturiano —de hombres o de mujeres— que más títulos ha conseguido en la historia del hockey asturiano.
Pero es deporte femenino. Y muchas cosas que hacemos las mujeres —y más si son minoritarias— son invisibles.

Así que si estás leyendo esto, GRACIAS, en nombre de todas las patosas del mundo.

«No nos mires, ¡únete!»

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Autor

Teresa Uxía

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