Niña hereje era tu vecina - El SOMA

Niña hereje era tu vecina

Si les digo la verdad, nadie se dio cuenta hasta después de mucho tiempo.

A ella le gustaban las obleas que Sor Manuela les daba en el recreo. Pan de ángel las llamaba. Sor Manuela pinchaba cuando besaba las mejillas porque era centenaria y en la barbilla afilada por la edad le crecía barba blanca. A Niña Hereje le caía bien, tan bajita, caminando a pasos pequeños, como una figura vintage de cuerda por el patio.

No, no creo que nadie se hubiera parado a pensarlo.

A Niña Hereje le daban vómitos cíclicos en la capilla después de comulgar desde el día de su primera comunión y ya hacía un mes de aquello. La hostia se le pegaba al paladar y con Sor Amancia observándola y al borde del colapso, la chiquilla no podía meter el dedo en la boca y acabar con el suplicio. Hasta un domingo en misa de 11 y frente al cura, cuando enfadada ante la certeza de que primera comunión solo hay una y que jamás podría volver a ponerse aquel vestido, desencadenó un drama de proporciones bíblicas. No por el hecho de haber despegado la pasta sagrada del cielo de su boca y sacudido los dedos en un intento desesperado de tirarla al suelo, sino porque, como muy bien le explicó entre toses y mocos a Sor Amancia y al sacerdote, si aquello era una metáfora, no veía ella delito por ningún lado.

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Niña Hereje nació entonces, en el banco de la iglesia una vez terminada la misa, cuando se enteró por boca de la monja, muy acalorada por el disgusto, que de metáfora nada, que era el milagro de la transmutación.

Niña Hereje tuvo un nombre distinto una vez. Un nombre que empezaba por L, como Locura, Larariro, Libertad, Lesbiana o Luciérnaga. Pero desde aquel momento le pusieron otro mientras la conducían al confesionario, traspuesta, verde de ira y castigadísima sin recreo, por los siglos de los siglos amén, para que reflexionara sobre su comportamiento. Se le prohibió repetir su tesi ante las otras alumnas y por supuesto, se le exigió rechazar de plano la idea de una congregación caníbal que se repartía trocitos del señornuestrodios. Acaso no había entendido nada? Jesús lloraba lágrimas de sangre por los pecados de niñas como ella. Y por esos pecados suyos, don Ramiro, el cura, se la llevó al cuarto donde se guardaban las velas, para orientar sus oraciones y comenzar la penitencia. 

Cuando Niña Hereje salió de allí un par de horas después, subió corriendo las escaleras hasta los baños del colegio que estaban en la planta superior. Cinco años de internado y nunca se le habían hecho tan interminables aquellas escaleras. Llegó casi sin respiración, echó el pestillo y se frotó las manos hasta casi dejarlas en carne viva. Se lavó la cara hasta casi dejarla en carne viva. Se frotó el sexo hasta casi dejarlo en carne viva. Se lavó la boca diez veces hasta que los dientes se volvieron transparentes. Después se puso ropa limpia y bajó al cobertizo donde el jardinero guardaba la segadora, la manguera verde kilométrica, las regaderas y los bidones de gasolina.

No, nada se supo hasta después de mucho tiempo porque Niña Hereje parecía buena y no de la clase de chiquilla que provocaría un incendio donde muere un sacerdote mientras ella va a comprarse un merengue francés.

 

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Autor

Laura Fjäder

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