Lo rojo y lo negro - El SOMA

Lo rojo y lo negro

Hace unas semanas, cuando el alcalde de Cádiz otorgó la medalla de oro de la ciudad a la Virgen del Rosario, pudimos asistir a uno de esos raros fenómenos descritos en el Nuevo Testamento pero rara vez registrados fuera del texto bíblico: la transfiguración. De repente, donde había personas y hechos normales, se abrió una ventana de oportunidad a lo paranormal y por ella vislumbramos, al igual que los apóstoles Santiago, Pedro y Juan en el monte Tabor, a los profetas Moisés y Elías conversando de tú a tú con Kichi, Pablo Iglesias y Teresa Rodríguez. Fuimos incómodos testigos de un brillo preternatural que no estaba previsto en la agenda anticapitalista, por más que en ocasiones las llamadas fuerzas del cambio hayan tendido la mano a este o aquel sacerdote o fraile (o monja: las monjas escasean) de conducta ejemplar al servicio de los explotados.

Permítanme una breve confesión antes de continuar: siempre que se aplaude a algún religioso por su compromiso con los pobres y los excluidos, tengo la sensación de que no se le aplaude por ese compromiso sino por su condición de religioso. Temo que personas tan valiosas como Enrique de Castro, Frei Betto o Carlos Mugica despierten admiración no tanto por sus obras cuanto por su pertenencia al clero. Como si sus votos constituyesen un valor añadido que magnificara su voluntad de sacrificio y le diera una dimensión transmundana que no está al alcance de cualquiera. Se hace hincapié en sus complicadas relaciones con la cúpula eclesiástica, como si fuesen mucho más difíciles de sobrellevar que las relaciones de cualquier asalariado con la cúpula de la patronal. Y parece que nos tomáramos en serio las amenazas de excomunión, como si esta equivaliese a una enfermedad o a la amputación de algún miembro. Fin de la confesión. No se requiere absolución alguna.

Kichi en un oficio religioso

La transfiguración a la que me refiero se operó en pocas horas, justo después de que el secretario general de Podemos anunciara su respaldo un tanto displicente a la medida adoptada por Kichi: de golpe y porrazo, docenas de militantes e ideólogos de las nuevas izquierdas se pusieron a recordarnos el papel cohesionador de los cultos religiosos, evocando una piedad ancestral cuya eficacia en la lucha contra la opresión no habríamos reconocido hasta ahora por culpa de una especie de miopía ilustrada. Se nos conminó a no burlarnos del noble pueblo llano que cree adorar a un ser sobrenatural cuando pasea un muñeco de madera, y hubo quien se descolgó con fantásticos relatos de cómo el cristianismo primitivo, en el fondo, predicaba y practicaba el mismo tipo de utopía que firmaría cualquier altermundista de nuestra época. Luego la noticia pasó de moda, el asunto quedó en chiste y ya no se volvió a hablar de crear dos, tres, muchos Vaticanos.

Cuando se le afea a la “izquierda rancia” su adherencia a un “laicismo colonial” y su incapacidad para comprender el sentir popular (pero no cualquier sentir popular: en estas discusiones solo se tiene en cuenta el de los aficionados a las procesiones y al fútbol), se pretende hacer cómplice a esa misma izquierda de un elitismo intelectual incompatible con la emancipación de las clases populares. Se tiende a subrayar el carácter secundario de la agenda laicista con respecto a las necesidades materiales de los explotados. El laicismo, el ateísmo, serían lujos en el mejor de los casos; en el peor, vestigios de un pensamiento de raíz burguesa, falsamente progresista y políticamente estéril. Es curioso: también Robespierre señalaba el carácter aristocrático del ateísmo, al igual que los cristianos primitivos lo hacían cómplice del paganismo esclavista que ellos habían venido a superar. Para los cristianos “progresistas” de todas las épocas, el ateísmo siempre parece proceder de un tiempo anterior y ligar su suerte a la de las clases dominantes de ese tiempo anterior. No es descabellado pensar que los mamíferos primitivos entretenían a sus crías, en las frías noches del Paleoceno, con terroríficas historias sobre dinosaurios ateos.

En realidad, la historia nos muestra más bien lo contrario: todo proceso revolucionario, y todo avance democrático en cualquier sociedad conocida, han sido frenados y apaciguados, cuando no simplemente invertidos, por ese poder cohesionador de las religiones, particularmente las monoteístas. Los monoteísmos han conspirado siempre contra la democracia, para empezar, y contra las clases populares, para continuar, aun bajo el disfraz, no tan habitual como quisieran hacernos creer, de las teologías de la liberación y los marxismos cristianos. Y su función en las sociedades presuntamente secularizadas en las que vivimos parece ser únicamente el de afianzar unas estrategias de control que en ocasiones muestran rasgos típicamente homicidas.

No es cuestión de casuística: por cada esforzado sacerdote comprometido con los pobres de la tierra podemos encontrar al correspondiente caradura perfectamente enterado de su condición de cómplice de latrocinios y masacres, y viceversa. La cuestión de fondo no es esa, sino si es posible un proyecto emancipador compatible con alguna forma de monoteísmo. En otras palabras, si es posible un proyecto emancipador compatible con el odio a la ciencia, la exhortación a la sumisión y a la ignorancia, la humillación pública y privada de las mujeres y el rechazo del sexo y, en general, del cuerpo como sujeto de placeres, dolores, derechos y obligaciones. No creo que lo sea, y no solo por nobleza de principios: el creyente, puesto que lo es, no puede dejar de incorporar a su conducta, a sus rutinas, incluso a las que forman parte de sus responsabilidades laborales o familiares, esos hábitos acrisolados a lo largo de los siglos.

A quien todo esto le parezcan abstracciones y prefiera creer que las necesidades materiales de las clases populares pueden abordarse y resolverse aplazando sine die esas preocupaciones burguesas, le recomiendo que piense solamente en el papel que juega la providencia en la política de prevención de desastres de nuestros gobernantes / gestores / lo que sea. Ninguna mentalidad mínimamente entrenada en la observación de hechos y la elaboración de hipótesis puede concluir, a la vista de una acumulación de datos como la que sustenta la hipótesis del cambio climático, que el deterioro del medio ambiente se solucionará solo. Ni siquiera desde el cinismo más absoluto se puede mirar para otro lado salvo que se crea, con la fe del converso, que uno estará a salvo de cualquier tipo de catástrofe porque hay una providencia que vela por nosotros. Ninguna mentalidad mínimamente racional puede renunciar a administrar cuidados paliativos a un enfermo que sufre salvo que, efectivamente, abandone el pensamiento racional y se refugie en la fantástica creencia de que algún tipo de entidad espiritual obrará un milagro en cualquier momento o, en el peor de los casos, le concederá al enfermo una prórroga en estado luminiscente en el más allá. Ninguna mentalidad, en fin, mínimamente sensata puede pretender frenar el avance del sida y el aumento incontrolado de la población mundial sin fomentar el uso de profilácticos, simplemente predicando la continencia sexual y, como remedio de emergencia, el genocidio (Ruanda, 1994).

Es perfectamente posible intervenir en las necesidades materiales de las clases populares sin alentar supersticiones abiertamente hostiles a la salud pública, sin apoyar formas de folklore beligerantes con la investigación científica y sin suministrar coartada espiritual a los miles de misóginos que andan por ahí con el coche cubierto de pegatinas de la Virgen y el pecho ídem de medallas de la misma. En cuanto al ámbito privado, no me parece mal del todo que cada uno crea lo que le dé la real gana. Ahora bien, tengo ya ciertas objeciones si ese “cada uno” va a usar un bisturí sobre el único cuerpo que tengo o a impartirle educación sexual a la única hija que tengo. Ahí, justo ahí, hasta esa mínima tolerancia se me acaba.

 

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Autor

Xandru Fernández

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