La Iglesia y la pereza de la Historia - El SOMA

La Iglesia y la pereza de la Historia

No pararon de mejorar. En 313 Constantino I promulga el Edicto de Milán, por el que dejaban a los cristianos en paz. El siglo VI Recaredo se convierte al catolicismo. Diez siglos después Enrique IV no dijo pero pensó que París bien valía una misa. Y ya en este siglo Zapatero y Teresa Fernández de la Vega se pasaron ocho años diciendo lo bueno que era el Concordato para España. Hagamos un cóctel desordenado de observaciones para ver si al ponerle orden situamos a la Iglesia y la religión en nuestra convivencia. El cóctel tiene las siguientes afirmaciones: 1. El cristianismo, como todas las religiones, tiene una gran capacidad de cohesionar grupos. Digamos que es un gran conductor de poder. Por eso fue útil para el poder o un rival incómodo con el que convenía el pragmatismo. 2. Todo agente de poder es a veces criticado y denunciado. Pero en la crítica a la religión abunda más de lo normal la burla y el humor. Es más habitual la irreverencia y la mofa con obispos y jerarquías religiosas que con el fascismo o las multinacionales. 3. El sentimiento religioso es una debilidad. Parece más agresivo atacar el credo de alguien que su ideología. Desde esa debilidad, se hace habitual una relación asimétrica de los creyentes con quienes no lo son. 4. No parece posible ser creyente sin sentir miedo y sin sentir culpa. Nadie puede ser creyente y no tener culpa ni pecado que lamentar. Y nadie puede ser creyente sin tener miedo a las consecuencias de no serlo, sin temer todo eso que está entre lo humano y lo divino, incluida la ciencia.

Oficio religioso

Eso que se llama cohesión de grupos está en nosotros desde el principio. Simbolizamos los grupos a los que pertenecemos (mapas, banderas, himnos, tatuajes, adornos, …) porque los símbolos aumentan nuestra conciencia de grupo e intensifican nuestra conducta de grupo, que en esencia consiste en practicar altruismo irracional interno y aceptar una potencial hostilidad hacia fuera. Cuanto más emotiva y compulsiva sea la ideología que cohesione al grupo, más inquebrantable es ese altruismo interno y más eficaz es el grupo. Los dos mecanismos grupales más poderosos, los más capaces de cohesionar la conducta de más gente, son la religión y el estado o nación. Más, por ejemplo, que las ideologías. Los profetas de la globalización ultraliberal deben saber que, a medida que debiliten los estados y que los gobiernos no pinten nada, tomarán más cuerpo las religiones y serán más relevantes los liderazgos religiosos. Los que quieren políticas segregadoras deben saber que, si la gente no se reconoce en la nación en la que están, se reconocerán en la comunidad religiosa a la que pertenezcan. La gente necesita una tribu en la que sentirse normal y protegida y la buscará siempre. Y no hay mecanismos compulsivos más eficaces que la emoción nacional y la emoción religiosa. Las dos llevan la bicha dentro. Pero sólo la emoción nacional es domesticable y susceptible de ser organizada democráticamente. La religiosa sólo puede ser benigna cuando se diluye en una democracia que esté por encima de sus dogmas.

La emoción que hace compulsiva nuestra conducta es también una debilidad que nos hace vulnerables. Los hijos, por ejemplo, son una debilidad evidente. Y la nación. Aunque no vayamos de patrioteros por la vida, es justo reconocer que si en Londres alguien nos llama imbécil nos ofende, pero si nos llama puto español parásito la cosa lleva más mala uva. Cuando alguien está en un estado emocional marcado, triste o eufórico, asustado o colérico, asumimos que está parcialmente disminuido y desarrollamos una conducta condescendiente, como si fuera un menor de edad. Intuimos esa debilidad también en la emoción religiosa y por eso les concedemos el privilegio de una tolerancia mayor. Por ejemplo, solemos aceptar que rechacen nuestra comida si es porque se lo prohíbe su religión.

Esa debilidad es alimentada por las jerarquías religiosas cultivando la culpa y el miedo en los creyentes, porque las jerarquías siempre necesitan obediencia.

Sin esas emociones negativas es difícil mantener el control. Por eso es difícil que los sentimientos religiosos no invadan el escenario político. En España la nación y la democracia son más fuertes en la conducta colectiva que la religión, a diferencia de sociedades más fanatizadas. Pero la religión está ahí e inyecta debilidad, control (moderado, pero control) y compulsión en mucha gente y es imposible no lanzarse sobre tajada tan jugosa. En España la Iglesia tiene un cordón histórico con el nacional catolicismo franquista. Todavía hoy las proclamas más extremistas y excluyentes se oyen desde los púlpitos y desde cadenas y emisoras eclesiásticas. Por el otro extremo del cordón, la Iglesia tiene un enlace permanente con el PP y no deja de bombear valores ultraconservadores empleando los canales engrasados por la fe. Para mantener su visibilidad necesita sus símbolos y sus ritos incrustados en las instituciones, pero también posiciones públicas características. Las más notables son las que desarrollan el sentimiento de la culpa. La culpa se educa haciendo sentir maldad en lo que está en nuestra propia naturaleza, en nuestro cuerpo: el sexo y su impulso, la dualidad de género, la procreación y todos sus derivados y vecinos: familia, placentas, aborto, células madre. La posición rígida y estridente en estos temas mantiene esa presencia en la vida pública y alimenta la simbología que mantiene esa cohesión de grupo.

En España la influencia de la emoción religiosa descendió. La gente es menos religiosa y, en esa medida, es más tolerante. Pero se da la paradoja de que el poder institucional de la Iglesia aumenta. Tiene control sobre más medios de comunicación, hay más leyes teñidas de sectarismo católico, se les entrega una parte cada vez mayor de la educación pública a través de conciertos educativos orientados a sus fines privados, se financian organizaciones dogmáticas afines y se mantienen privilegios fiscales, económicos y políticos.

Esta paradoja de que tenga cada vez menos predicamento popular pero más poder institucional se debe, como es lógico, al juego político del país. El PP vacía las arcas que haga falta para apuntalar su influencia ideológica conservadora. El PSOE sucumbió siempre a la idea de que es extremista todo lo que suscite enfrentamientos lo bastante estridentes como para que generen incertidumbres. Por eso nunca afrontó de verdad disputas contra entes poderosos. La combinación de un PP radical con un PSOE temeroso fue engrosando esta disfunción heredada de la dictadura.

Todo esto provoca críticas y movilizaciones contra la Iglesia. Pero decía antes que en este caso abunda la comicidad y la irreverencia. La cosa tiene su explicación. Somos animales empáticos, tendemos a mimetizar las emociones ajenas. No nos ponemos a bailar cuando alguien llora. Ya vimos que la emoción religiosa, como toda emoción, es una debilidad que hace vulnerable.

Sabemos que el humor requiere distanciarse emocionalmente de lo que se vive. La gente no tiene sentido de humor cuando está en un estado emocional intenso. Digamos que requiere frialdad y por eso la comicidad a veces se percibe como irrespetuosa, porque supone no mantener esa empatía que nos caracteriza. Cuando la frialdad del humor contrasta con la debilidad emocional de otro, el humor se hace provocador. La religión, por la debilidad que comporta, abre un flanco muy visible para la provocación. Se suele atacar a las jerarquías y al poder de la Iglesia, pero se hace con provocación sobre sus símbolos por lo que la falta de respeto se traslada a los creyentes. Es verdad que a veces sobran graciosadas irreverentes facilonas. Pero siempre echo de menos que, a la vez que los creyentes reclaman un legítimo respeto a sus símbolos, increpen la conducta de sus jerarquías si tan ajenos son a ellas. Está bien que digan que no toda la Iglesia es como Rouco Varela, pero que no digan sólo eso. Que digan algo cuando tienen bloqueado cualquier acuerdo nacional sobre la enseñanza o martirizan a grupos humanos porque amen a unos o a otras.

Nuestras sociedades tienden a tener cada vez más iglesias, cada vez más etnias y gentes culturalmente segregadas, estructuras estatales cada vez más débiles y, por tanto, son sociedades cada vez más expuestas a liderazgos religiosos poderosos, espurios y ajenos a una convivencia unificada. La manera de tratar la emoción religiosa va a ser clave para lograr una convivencia armónica en la que la democracia relegue a la esfera privada la fe religiosa. A España se le van a juntar problemas del s. XXI con problemas del s. XIX sin resolver. Y es que en España la historia es perezosa y en algunas cosas avanza con desgana.

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Autor

Enrique del Teso

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