Ellas - El SOMA

Ellas

"Si adoras tu propio cuerpo, tu belleza
y tu atractivo sexual siempre te sentirás feo”
(Esto es agua, David Foster Wallace )

Todo parece indicar que nos están dirigiendo a un desastre de consecuencias inéditas este 1 de octubre. Sin quitar responsabilidad al gobierno catalán pero sin caer en equidistancias injustas, la actitud del gobierno central, la prensa nacional y parte de la judicatura no dejan lugar a dudas de que esta nave está pilotada por pirómanos. Y se están creando antecedentes tan peligrosos (prohibiciones de charlas, registros de periódicos, peticiones de cárcel para las autoridades y el funcionariado...) ante la indiferencia de buena parte de la población española, que estoy totalmente convencida de que, en breve, se volverán, cual bumerán, contra todes nosotres y nos darán en todas las narices. Sin embargo dentro de toda esta anormalidad y novedad hay una situación que se mantiene fiel a sí misma, sin importar lo que pase o de lo que se debata: la actitud hacia las mujeres.

La semana pasada Inés Arrimadas hacía público un comentario de una usuaria de Facebook que, tras el paso de la política catalana por la televisión, le deseaba una violación en grupo. El escándalo y la indignación fueron mayúsculos, hasta el punto de que la mujer que hizo el comentario fue despedida de su trabajo. La actitud social hacia la violencia verbal ejercida contra Arrimadas, así como las consecuencias de la misma, son profundamente interesantes. Vamos a dejar a un lado la reacción de la empresa actuando de manera desproporcionada en lo que parece, a todas luces, un despido improcedente y centrémonos en la reacción ante los insultos a Arrimadas. Salvo excepciones miserables que quisieron poner el foco en la víctima, Inés Arrimadas, la reacción mayoritaria fue de repulsa y horror. Lo extraordinario del caso es que la violencia verbal fue ejercida por una mujer. Esta condición no es baladí a la hora de analizar los hechos. Cualquiera que sea habitual en redes sociales sabe que las mujeres solemos ser objeto constante de violencia verbal, sexual, acoso, amenazas e insultos. La mayoría de ellos proferidos por señores de manera pública y, en ocasiones, continuada, ante la indiferencia, no solo de las plataformas digitales donde se profieren, sino también de la sociedad e incluso de la justicia. En ese mismo hilo de Facebook algunos hombres jalearon e hicieron comentarios similares sin que el foco y el reproche social se pusiera sobre ellos. Y esto es así porque tenemos totalmente normalizada la violencia hacia las mujeres y solo reparamos en ella cuando otra mujer asume el rol de acosador. Sería muy sano que como sociedad reaccionáramos con la misma contundencia ante toda la violencia que en redes sociales se ejerce contra las mujeres, tal y como está sucendiendo ahora mismo en Twitter, Facebook, Instagram... mientras usted lee esto.

Leighton Helena de Troya

También Anna Gabriel se despertó esta semana siendo el blanco de la ira por su posicionamiento político. En Valencia varias pintadas la llamaban puta cuando no directamenta la amenazaban de muerte. En el caso de Gabriel y de sus compañeras de la CUP es algo tristemente habitual que sean obeto de burlas e insultos constantes. Y no solo en ese Averno conocido como tertulias políticas televisivas el aspecto físico de las mujeres de la CUP, su pelo, su ropa, han sido el objeto más común de los comentarios sobre ellas que su ideología o sus acciones y actividades políticas.

Y esto es así porque asumimos que el cuerpo de una mujer es una cuestión pública y que la belleza es un valor en sí mismo y una caractéristica intríseca a la condición mujer. Que es responsabilidad de la mujer además ajustarse a la norma y que, por tanto, es legítimo reírse de las mujeres por su aspecto físico cuando se salen de dicha norma. Cualquier mujer con cierta proyección pública y social sabe que está siempre sometida al escrutinio y al ojo crítico, sujeta a burlas y críticas sobre aspectos tan irrelevantes como su flequillo, su ropa o su peso. Cuando hacemos esto estamos lanzando el mensaje equivocado y dejando de lado el valor de las mujeres como profesionales (buenas o malas) y como sujetos activos en la política. Esta es una forma de violencia de baja intensidad que cosifica a las mujeres, que las reduce y las ata a su cuerpo y a su apariencia y las hace responsables de encajar en los patrones establecidos. Cualquier trasgresión se intrepreta como un pecado que ha de ser castigado. Y es precisamente esta actitud la que sostiene los cimientos de la violencia explícita a la que nos vemos sometidas las mujeres día a día. Cuando una mujer da la cara y tiene una postura política, se abre la veda contra ella y las amenazas contra su integridad física en forma, principalmente, de violencia sexual son la manera normalizada socialmente de demostrar discrepancia y rechazo.

Así que la próxima vez que nos riamos del flequillo de Anna Gabriel, los trajes de Angela Merkel o cuestionemos el peso de Ada Colau, reflexionemos sobre el mensaje real que estamos lanzando a la sociedad y sobre el valor que les estamos dando a esas mujeres y por tanto a nosotras mismas.

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Autor

Silvia Cosio

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