El magufismo como religión: una reflexión sobre los cambios de la espiritualidad occidental - El SOMA

El magufismo como religión: una reflexión sobre los cambios de la espiritualidad occidental

En occidente se está imponiendo en las últimas décadas, una realidad incontestable: el cristianismo está envejeciendo, pasando de moda, quedándose atrás. Las iglesias se llenan (cada vez menos) de feligreses avejentados y la renovación generacional es insuficiente. Países como Islandia ya tienen su primera generación 100% atea y el número de vocaciones ha descendido significativamente en los últimos años. Ante semejante panorama, uno podría pensar que una ola de racionalismo nos invade, que las ideas ilustradas y enciclopedistas por fin han permeado en los cerebros de los ciudadanos del siglo XXI, pero... nada de eso.

Al menos, no en España. En Holanda y otros países del norte, es cada vez más frecuente que algunas iglesias pierdan su uso original y se conviertan en bibliotecas, salas de exposiciones... Aquí si acaso, se convierten en discotecas o tiendas de ropa de segunda mano. Pero me estoy desviando del tema: el caso es que la antigua espiritualidad no está siendo sustituída por ilustración (entiéndase en un sentido más moderno y democrático que la original) si no por una nueva espiritualidad, más vaga e imprecisa.

Chemtrails en el cielo

La cosa viene desde los 60 y el movimiento hippy (al que tampoco quiero descalificar, también tuvo grandes aportaciones, como la eclosión del la conciencia ecológica y el asentamiento de la contracultura en reacción al stablishment) Jóvenes rebeldes, deseosos de romper con lo establecido, rechazaron la tradición religiosa de sus padres y asimilaron una espiritualidad de tintes orientales, importada principalmente por los Beatles (especialmente por Lennon y Harrison) y que tuvo en Ravi Shankar y en el Maharishi Mahesh Yogi a sus principales embajadores. Esto no hubiera sido nada preocupante si no fuera porque, junto a esa espiritualidad, también llegaron ciertas tradiciones “milenarias” (algunas con apenas con medio siglo de historia) que se enquistaron en un sector de la sociedad asociado a la izquierda y a la progresía. Lo cierto es que durante mucho tiempo permanecieron como un ruido de fondo, pero el grueso del pensamiento magufo tiene ahí su orígen, y la cosa se mantuvo así hasta la aparición de internet, donde empezaron a proliferar webs y foros que promovían la medicina “natural” y la homeopatía, demonizando a la medicina tradicional y a las “malvadas” farmacéuticas.

Entonces llegó Andrew Wakefield, médico inglés que en 1998, publicó un artículo en la revista “The Lancet” en el que vinculaba un supuesto aumento de los casos de autismo con la vacuna triple vírica. Los argumentos del artículo fueron rápidamente refutados y la licencia médica de Wakefield revocada, pero el daño ya estaba hecho y este artículo dió alas a los antivacunas, con unas consecuencias que aún hoy sufrimos. Este es el origen del trismente famoso movimiento antivacunas, que a día de hoy engrosa sus filas con miembros la realeza del cuñadismo como Javier Cárdenas.

Y de aquellos barros, estos lodos: estamos asistiendo a un repunte de enfermedades que se mantenían a raya debido a que hay un debilitamiento de la protección de grupo. Al descender el número de vacunados, las posibilidades de que los no vacunados contraigan una enfermedad es mayor. Hasta ahora, esa protección de grupo garantizaba que los que no podían vacunarse (por temas de alergias, principalmente) tuvieran menos probabilidades de contagiarse, al estar rodeados de una mayoría de vacunados que servían como barrera defensiva. Ahora esa barrera se está debilitando, y los casos de enfermedades como el saranpión están aumentando procupantemente.

Y el problema no es que nos enfrentemos sólo con la resistencia a las vacunas. Mucha de esta gente se entrega a la llamada “medicina alternativa”, que consiste en un batiburrillo de disciplinas con escasa o nula base cinetífica, la más extendida de las cuales es, sin duda, la homeopatía.

La homeopatía fue creada por el médico sajón Samuel Hahneman en 1796: una época en la que la medicina moderna estaba por nacer y en la que ponerse en manos de un médico era una práctica peligrosa, dado los métodos bestiales, dolorosos e intrusivos y la aunsencia aún de la higiene y la anestesia. En tales circunstancias, que alguien viniera diciendo que “lo similar cura lo similar” sonaba realmente bien ¿Qué quiere decir esto? Pues que lo que causó la enfermedad debe ser lo msmo que debe curarla, pero diluído hasta su desaparición. Para sostener esto, la homeopatía se basa en una supuesta memoria del agua, según la cual, el agua tiene la capacidad de retener las propiedades de aquellas sustancias que ha contenido, aunque ya no quede rastro de ellas. Agradeced, cada vez que vayáis al baño, que esto sea falso.

El tema médico es quizá el más preocupante, pero el magufismo abarca una gran variedad de campos. Uno de los más llamativos es el de las mal llamadas “chemtrails” o estelas químicas. Aunque no hay un origen preciso, el bulo empieza a concretarse en los albores de la era de internet, en esa época, allá por el año 2000, se difunde un documento en una web de temática conspiranoica que había sido redactado en 1997; en él se distinguía entre las estelas “inofensivas” (las de los aviones comerciales, por ejemplo) que se dispersan al poco tiempo, y las “nocivas” (de aviones militares) que persisten más tiempo en el aire y tienen un color “sospechoso”y que tenían como objetivo envenenar a la población para reducir su número. Pero con el tiempo y la difusión del hoax a través de las redes sociales, tal distinción ha ido desaparciendo y ahora parece que toda estela dejada por cualquier avión es dañina a ojos de los conspiranoicos, así como han aumentado los objetivos atribuídos a dichas estelas: la fumigacion de la población se mantiene, por supuesto, pero ha ganado peso el argumento de que son usadas para provocar cambios climáticos a nivel local o esteralidad en la población, también con el objetivo de reducir su número. En todo caso, a las estelas dejadas por los aviones se las llama contrails, estelas de condensación, y son producidas por la condensación del vapor de agua atmosférico en los reactores de los aviones. Su densidad y duración dependen exclusivamente de la cantidad de vapor de agua suspendido en la atmósfera en ese momento. Por otro lado, la fumigación a las alturas a las que vuelan estos aviones es simplemente imposible, ya que cualquier gas o líquido se dispersaría demasiado antes de llegar a la superficie. Esa es la razón por las qu los hidroaviones y las avionetas de fumigación vuelan a tan baja altura cuando sueltan su carga. Por supuesto ante la refutación de su argumento original, los conspiranoicos no tardaron en recurrir a las otras conspiraciones a las que se agarran para suplir su ignoracia y su vacío existencial.

Hay otros bulos similares, pero que centran su atención en otros tipos de tecnología, como los que relacionan los campos electromagnéticos con todo tipo de males, especialmente tumores y cefaleas. Tal insensatez puede ser refutada sólo con decir que el núcleo de hierro de la misma Tierra actúa como un gigantesco electroimán, cuyo campo nos protege de peligros reales, como las radiaciones letales que nos llegan desde el sol. También está el síndrome de sensibilidad química múltiple, que demasiada gente se toma en serio (incluso un novio de Maggie O'Connell lo padecía en Doctor en Alaska), pero cuya existencia no ha sido demostrada de forma convincente. Toda una pléyade de ideas e historias tan insensatas y faltas de base como las que rellenan las páginas de la Biblia y otros textos sagrados (aunque rastrear sus orígenes históricos es un ejercicio tan apasionante como desmitificador)

¿Y la derecha? ¿Es acaso inmune a esta epidemia de bulos anticiéntificos y magufadas? ¿acaso su permanencia en las filas de los fieles a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana los ha mantenido alejados de esta maraña de hechos indemostrados? Nada más lejos de la verdad: por un lado, muchas de estas supercherías simplemente no entienden de ideologías y afectan tanto a unos como a otros (incluso a gente supuestamente culta e inteligente) por otro lado, los conservadores tienden a poyar más otros dislates que encajan más con sus intereses, entre los que se lleva la palma la negación del cambio climático. Por supuesto, a una élite oligárquica deseosa de seguir explotando los recursos naturales no le sienta nada bien eso de que ahora vengan los científicos a decirles que ese modelo productivo es insostenible y que ha provocado unos desajustes climáticos que probablemente sean irreversibles. Sólo así se entiende el empecinamiento en tal postura y la excepcionalidad energética de España, con las empresas tradicionales del sector sobreprotegidas y trabas a las energías alternativas inconcebibles en los países de nuestro entorno. Sobre este tema sólo añadiré que entre las filas de los negacionistas se encuentran próceres del neoliberalismo y la ultramasculinidad como Donald Trump, Jose María Aznar o Rafael Hernando.

En conclusión: ¿Se puede decir que esta ola de magufismo ha sustituído a la tradición religiosa tradicional en España? Probablemente sea muy osado hacer tal afirmación, pero no hay duda de que se está produciendo un cambio. Que dicho cambio vaya en una dirección u otra al final depende de nosotros, pero hay un factor clave que determinará el rumbo en el futuro: la educación. Crear mentes críticas es sin duda la mayor arma contra el magufismo y la seudociencia y, sinceramente, tal como está ese asunto ahora mismo, el futuro no se presenta muy halagüeño. Pero no olvidemos que la historia es pendular y cíclica, así que lo que ahora son negros nubarrones sobre el pensamiento científico, puede tornarse en cielos azules y soleados en un futuro no muy lejano. Seamos optimistas: no nos queda más remedio.

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Autor

Hugo Mier

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