El fútbol no es la guerra - El SOMA

El fútbol no es la guerra

No me gusta particularmente el fútbol pero tampoco lo odio. Soy capaz de apreciar la plasticidad de un gol, la habilidad de una jugada colectiva o la excelencia de esos regates de Messi que parecen imposibles. El fútbol, además de deporte es, ante todo, espectáculo. Y sólo tiene valor en la medida en que existe un espectador capaz de apreciar su belleza. Una belleza que, como todas, es subjetiva y arbitraria y se encuentra más en los ojos que miran que en el objeto que es mirado.

Pero ser hincha de fútbol no supone sólo admirar la belleza del juego sino también, y sobre todo, identificarse con unos colores que son los de la propia localidad o la nación. El deporte se convierte así en presa de la identidad más primaria y premoderna, la territorial, que además en este caso se expresa siempre en negativo. Ser hincha de un determinado equipo supone casi siempre odiar al equipo rival, aunque este se encuentre a tan sólo 28 kilómetros, como en el caso del Sporting y el Real Oviedo, o incluso en la misma ciudad. Las mayores rivalidades son precisamente aquellas que comparten territorio y que pugnan por la hegemonía simbólica del mismo.

Hay quien sostiene que el fútbol y su hinchada es un trasunto de la guerra y de los ejércitos. Pero lo cierto es que la guerra, al menos en su versión moderna, está codificada en un conjunto de reglas formales, aunque estas supongan la institucionalización de la barbarie. Se pretende de ese modo conjurar el factor emocional y convertir el odio visceral e inmediato en un odio político y mediado por las normas y por un código de honor.

Aficionado en un estadio

El movimiento hooligan, por el contrario, se parece poco a un ejército. El ultra de fútbol, más allá del amor incondicional a unos colores, es puro nihilismo y no conoce el significado del honor. Exactamente lo contrario del soldado. No existe en su ejercicio norma alguna que no sea la destrucción del rival y la violencia gratuita y estúpida. Ni tan siquiera existe una concepción táctica de la hinchada, puesto que en ocasiones es ella misma la que abuchea a su propio equipo cuando pierde o la que provoca, con sus actos, el cierre de sus estadios con el consiguiente daño para su propio club.

Ni siquiera la utilización de simbología de extrema derecha en los estadios de fútbol tiene una verdadera carga ideológica, más allá del culto a la violencia. Se basa más bien en la adopción de una iconografía agresiva y a la contra, que se pretende definir no por aquel espacio ideológico en el que se sitúa sino por aquello que no es. No hay valores sino contravalores. O, pero aún, antivalores. De tal modo que incluso los grupos ultras de extrema izquierda se definen casi siempre como antifascistas, es decir, por aquello que no son y no por aquello en lo que creen o en lo que piensan. Y no deja de sorprender que este tipo de hooligans antifascistas muestren una cara tan autoritaria, violenta y antidemocrática como aquellos otros que se definen como neonazis.

Tampoco convence esa teoría según la cual el futbol permite liberar una adrenalina que, de otro modo, la sociedad descargaría de manera más violenta y descontrolada, salvo que aceptemos la teoría de que el hincha de futbol está más cerca del simio que de su pariente primate, el homo sapiens sapiens, extremo este que tampoco conviene descartar en todos los casos. La realidad es que la violencia provocada por el futbol ya es de por si de una entidad suficiente como para no considerarla sencillamente una línea de fuga o un mal menor. No hay nada de terapéutica en ella. Y aquí no sólo cabe referirse al hooligan cervecero sino también a todos aquellos espectadores que insultan a árbitros o jugadores del equipo propio o del rival, amparados por el anonimato que proporciona una manada donde sobra testosterona y faltan neuronas. Y es que inevitablemente el fútbol moderno está asociado a una idea de masculinidad tan trasnochada y caduca como los duelos a muerte al amanecer.

Las imágenes de peleas y agresiones en campos de fútbol base o en partidos de menores dan buena cuenta de un fenómeno que va más allá del movimiento ultra y que se ha instalado el en aficionado medio. La violencia verbal se ha convertido en un hábito en las gradas de los estadios, un espacio que parece haberse convertido, por una suerte de costumbre, en un paréntesis para cualquier norma básica de convivencia y de respeto al prójimo. Sólo internet iguala al estadio de fútbol como espacio donde vale todo y donde desaparece la noción de responsabilidad.

La masa tampoco explica este tipo de actitudes. En las sociedades contemporáneas existen otros espectáculos que reúnen a decenas de miles de personas, algunos de ellos celebrados también en estadios deportivos como los conciertos de rock, y que no provocan actitudes como las que vemos en los campos de fútbol. Tampoco en otros deportes que mueven a grandes masas de personas, como el baloncesto, el motociclismo o la Formula 1, encontramos expresiones de violencia como las que se producen en los estadios de futbol cada domingo.

Bien es cierto que el deporte implica casi siempre competitividad y lucha entre contrarios pero la agresividad no es algo consustancial al mismo. Sabemos bien que el deporte puede ser útil para fomentar valores como el compañerismo, la colaboración, el respeto o la solidaridad. Pero en el caso del fútbol, los espacios televisivos o los diarios deportivos celebran la confrontación como modo de vivir el deporte por parte de los aficionados.

El fenómeno hooligan, que alcanzó su mayor auge en la década de los ochenta, ha perdido entidad, en parte por la propia evolución de la sociedad y por la política de algunas instituciones y de unos pocos clubes de futbol, que han expulsado de sus gradas a los grupos ultras y violentos. Pero a cambio, algunas de sus actitudes se han instalado en el aficionado medio. El hooliganismo, por tanto, ha dejado de ser patrimonio exclusivo de jóvenes de barrios obreros y familias desestructuradas, un fenómeno que tan bien representaba la película británica This is England. Ahora el padre de familia, el juez, el jubilado o el profesor universitario puede tener actitudes tan agresivas en las gradas como las del skinhead.

El fútbol, además, se ha convertido en un negocio que mueve unas cantidades de dinero obscenas y que rellena horas y horas de contenido en radio, prensa y televisión. Recibe una atención que le confiere una importancia que no tiene y que, por tanto, puede transmitir al aficionado una falsa sensación de trascendencia de la victoria en la que ganar por cualquier medio se sitúa por delante de cosas tan importantes como la ética, el respeto al otro, la responsabilidad… Por eso resulta tan importante el relato que se haga del futbol y los valores que se desprenden del mismo. Publicaciones como Panenka o Líbero, o clubes de futbol base como el Unión Club Ceares están tratando de construir una lectura alternativa y a contracorriente de lo que supone el fútbol, como deporte y como espectáculo, y eso merece ser reconocido y celebrado. Combatir la violencia en el fútbol no supone sólo expulsar a los ultras de las gradas de los estadios sino también, y sobre todo, construir una nueva mirada hacia un fenómeno que mueve a cientos de miles de personas cada fin de semana yque no debería ser ajeno a las mínimas normas de convivencia que existen en otros ámbitos de la sociedad.

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Autor

Xabel Vegas

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