El fútbol de antes - El SOMA

El fútbol de antes

“Me enamoré del futbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar para nada en el dolor y los sobresaltos que la experiencia traería consigo”

Al igual que el protagonista de la novela Fiebre en las gradas de Nick Hornby, tampoco tengo ninguna explicación racional que justifique por qué me gusta tanto el fútbol, ni siquiera tengo muy claro desde cuándo forma parte de mi vida. Recuerdo las tardes de radio, los domingos en El Molinón ,y jugar, claro. Si aún hoy tuviera que asociar una imagen a la felicidad sería la de la playa, los amigos y la pelota. Le robo horas al sueño para ver un Boca River y dejo el libro que estoy leyendo para ver un partido improvisado en cualquier parque de esta ciudad.

Botas de fútbol antiguas

Tampoco tengo clara la fecha exacta en la que empecé a odiar todo lo que rodea a los 90 minutos que dura un partido. Algunos opinan que todo se torció en el verano de 1994. Ese año se disputó el Mundial de Fútbol en EEUU. En territorio USA ll fútbol se llama soccer y hace 23 años interesaba un poco menos que ahora, que es más bien poco. Pero un país tan grande y poderoso no podía dejar pasar una oportunidad de lucir su poderío al resto del mundo e hizo lo que mejor sabe hacer: dejarlo todo en manos de los publicistas y Nike se puso al mando. Para el resto del mundo los futbolistas eran tipos con barba que le pegaban patadas a un balón. El único ídolo futbolístico que decoró una de mis carpetas estudiantiles fue Manolo Mesa. Un gaditano flaco y desgarbado, con melena y el siete a la espalda. Yo quería ser Manolo Mesa porque yo quería jugar como Manolo Mesa. Pero este tipo de futbolistas no podía vender así que los publicistas norteamericanos pusieron los ojos en Brasil. A ellos les gustan los ganadores y ninguna selección había ganado más campeonatos del mundo que la brasileña. Nike se tiñó de amarillo y bailó la samba. Casi sin darnos cuenta todos empezamos a bailarla también. El paso siguiente fue ponerle el nombre de los futbolistas a las camisetas. Vender.

Mi abuela Isolina vivía en Campiellos, un pueblo del concejo de Sobrescobio en el que me pasaba algunos días de verano. A mi abuela le gustaban las revistas del corazón y las apilaba en una mesa en el corredor. Las tardes de pueblo y aburrimiento las pasaba mirando los “santos” de unas publicaciones en las que siempre aparecían folclóricas y toreros. Acaso Pirri o Maradona aparecían de vez en cuando por sus páginas. En los telediarios, los resultados y la quiniela y a esperar a ver los resúmenes en Estudio Estadio los domingos a las 11 de la noche. Hoy las revistas del corazón están pobladas con el último tatuaje, el último peinado o las vacaciones en Ibiza de cualquier jugador y el fútbol ocupa en televisión espacio en partidos y postpartidos convertidos en tertulias sensacionalistas.

Los balones son de distinto color cada año y las camisetas de los equipos también se renuevan anualmente: el negocio no puede parar. Interesan las audiencias televisivas, los pinchazos en los canales de pago, qué equipo llega antes al millón de seguidores en facebook o instagram, interesa cada vez más crear audiencia y seguidores y menos aficionados de determinados equipos. Las teles mandan y la jornada de fútbol que antes seguías los domingos por la tarde en un carrusel con pitidos anunciando cada gol ha dado paso a jornadas que comienzan un viernes y terminan un lunes por la noche. El fútbol ha dejado de ser un deporte para acudir al campo y se ha convertido en un espectáculo televisivo.

Y entre medias la ley Bosman que permitió el libre tránsito de jugadores comunitarios y de aquellos dos o tres extranjeros pasamos a situaciones como que Granada alineara no hace mucho a once jugadores de once nacionalidades distintas. La tormenta perfecta: el maná del dinero televisivo y la posibilidad de fichar exóticos jugadores en un viaje en el que el dinero se iba quedando en manos de intermediarios y comisionistas. A los Clubs de fútbol se les perdonan sus deudas con la Administración Pública y se convierten en Sociedades Anónimas Deportivas. Presidentes millonarios vinculados al sector de la construcción, palcos en los que se hacen negocios y la burbuja inmobiliaria que aumenta.

Y se suceden los escándalos en la UEFA y en la FIFA y los Mundiales se designan por criterios dudosos y se inventan trofeos y galas y casi sin darnos cuenta la Primera División se llama Liga Santander y la Segunda Liga 1,2,3 (en referencia a la Cuenta 1,2,3, uno de los productos más importantes del Santander) como antes se llamaba BBVA y las retrasmisiones deportivas las patrocinan casas de apuestas que también patrocinan equipos y los estadios de Futbol mutan sus nombres por el de grandes empresas.

Y lo que nos queda a algunos aficionados es recordar la pelota, la playa, los amigos y aquella tarde remota en que nuestro padre nos llevó a conocer El Molinón. Gijón era entonces…

 

Acerca de

Autor

Rafael Gutiérrez Testón

Compartir