Editorial - El SOMA

Editorial

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Se abre el telón. Se oyen los chirridos de las tramoyas mientras desde la parte más alta del escenario comienza a descender un señor con gafas de sol, vestido con una alegre túnica beige y sentado en un sofá orejero. En la retina se confunde la imágen de El Nota con la de Rafaela Aparicio en 'Mamá cumple cien años'. Cuando llega al suelo, el tipo se aclara la voz, levanta la mano derecha y advierte: "Vengo en son de paz". Baja la mano y se acoda sobre las rodillas entrelazando los dedos: "Pero dejémonos de cuentos en estos días de vírgenes condecoradas, IRPF, colegios precarizados y hastío paraestival. Hablemos de dinero y de espíritus. Hablemos de religión sin homilías ni estándares de aprendizaje de por medio. Y sin acritud, también".

Después de esta epifanía, nos vemos obligados a reconocer que tenemos un problema con la Iglesia católica, que es la que nos toca de cerca todo el rato. Y no es sólo por los numerosos casos de pederastia y la ocultación activa, porque considere la homosexualidad como una enfermedad o por haber paseado a genocidas bajo palio. La enmienda tampoco se limita a su pasado turbulento, a su dedicación a la hora de elaborar catálogos de libros prohibidos, a haberle metido una antorcha en la boca a Giordano Bruno, a Miguel Servet o a cientos de mujeres acusadas de brujería. Hay más cosas. Pero ninguna con ánimo de ofender.

No es ningún misterio que en la base de muchos comportamientos irracionales y oscuros que siguen manifestándose está la mano de la Iglesia, deslizándose entre las faldas de una marioneta hasta encontrar la tecla de las vísceras y los miedos que anidan en la pobreza. Su presencia en el desarrollo de una educación fundada en el pensamiento mágico de las Sagradas Escrituras promocionó durante décadas la justificación del papel de la mujer como figura subordinada, de la resignación ante los puñetazos en la cara, las violaciones o la tortura en las cárceles franquistas, sin posibilidad de buscar una distancia suficiente como para esgrimir los atenuantes del contexto histórico. No extraña que hagan una cuidada selección de episodios históricos y nos regalen grandes hits: "La sangre de los mártires es el mejor antídoto contra la anemia de la fe", nos revelaba hace unos años el obispo sierense Jose Antonio Martínez Camino, como quien guiña un ojo a un fascista. Bulimias de la fe aparte, en la práctica el poder eclesial ha sido un freno de mano en guante de obispo para el desarrollo de las libertades y los avances sociales. Su receta oficial para los vencidos siempre fue clara: obediencia y sumisión. Jódete y canta en el coro.

El sentido común no aparece por generación espontánea, hay que decirlo más. Y si resulta difícil apelar a él en materia religiosa es porque su construcción, a raíz de la transición, se quedó a medio gas; precisamente en el momento en que se empezaba a abrir paso una idea de libertad como palanca que ha acabado sirviendo para girar los engranajes en un sentido o en el opuesto. Tras cuarenta años de democracia liberal, los privilegios económicos que el Estado concede a la Iglesia se siguen maquillando como unidades de medida del gasto social, sin reconocer que suponen pasos pendientes hacia una mejora de la calidad democrática. Desde su largo maridaje con la dictadura, la Iglesia nos ha ido metiendo en la boca más obleas de las que somos capaces de masticar, y todavía hoy navegamos entre los vientos del individualismo extremo y las lentas pero firmes tanquetas del conservadurismo rancio. Todo es complicado, como la macroeconomía. La paz social y la resignación no están saliendo baratas: jódete y quita el aire acondicionado.

La apropiación por parte de la Iglesia de algunos de los principales hitos existenciales y de las celebraciones colectivas ha perdido importancia y, para una parte importante de la población, la incidencia de las doctrinas moralizantes son residuos cubiertos de telarañas, elementos folclóricos cada vez más vacíos de contenido. Pero a pesar del retroceso de las experiencias comunitarias confesionales, el peso de la tradición y el poder eclesial en los países del sur de Europa sigue siendo plomizo y caro. El anclaje a los beneficios económicos que suponen las exenciones fiscales y la participación en la educación concertada y pública suponen una potente fuente de ingresos que Europa Laica ha calculado en torno a 11.000 millones de euros al año. Hay quien dice que los laicistas exageran, pero como no se aportan otros datos no los podemos contrastar. Por otra parte, la separación de la Iglesia y el Estado no parece entusiasmar del todo a unas fuerzas políticas que probablemente tengan más miedo que vergüenza. Ante la polémica presencia de la religión católica como materia curricular, al Partido Popular se le ha ocurrido una brillante idea: aumentar la presencia de otras religiones en la escuela pública incorporando la asignatura de Religión islámica con unos cuantos maestros que se sumarán a los miles de contratados para impartir clase sin proceso de oposición asimilable al resto de profesores.

Sin embargo, no todo lo que depende de la organización con sede en el Vaticano nos pone los pelos como las novelas Cormac McCarthy. Por un lado, los clientes y consumidores de la doctrina forman una variedad de cuerpos disparatadamente heterogéneos a los que no se pueden imputar mecanicamente las gestiones del consejo de administración y de sus filiales. Además, existen las obras de caridad y las organizaciones de voluntarios que desarrollan una acción social con diferentes modalidades de pago que se retroalimentan: a veces en especias ,con la promoción de la doctrina y a veces en metálico, por la vía de la financiación pública. Algunos rebeldes de base no comparten los acuerdos entre el Vaticano y el Estado español y cuestionan que éste conceda privilegios a la Iglesia; otros recitan la compasión como 'arte de la telepatía sensible' evocando la mirada profana de Milan Kundera. Y luego está el padre Merrin, recorriendo las ruinas del Imperio asirio para subirse a una roca y ofrecernos la maravillosa silueta del exorcista enfrentándose al Mal. Para quienes nos jodemos pero bailamos Black Sabbath esto es importante. Respeto.

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