Editorial - El SOMA

Editorial

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México, octubre de 1968. La historia es conocida: Los ganadores de la prueba de 200 metros suben al podio. Cuando comienza a sonar el himno de los EUA, Tom Smith y John Carlos levantan sus puños enfundados en la única pareja de guantes de cuero negro que tenían a mano, amplificando las reivindicaciones del Black Power. En el segundo escalón, el australiano Peter Norman, recibe la medalla de plata con un broche del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos en la solapa, una campaña que trataba de abrir espacios en el ámbito olímpico para visibilizar el conflicto racial. Posiblemente, después de tomar aquella fotografía, el reportero de guerra Ángelo Cozzi dedicase un momento a rascarse la cabeza preguntándose: ¿Y ahora, qué? Los dos estadounidenses fueron expulsados del equipo olímpico. Tom Smith encontró un hueco en el fútbol americano y John Carlos estuvo vagando durante unos años encadenando trabajos precarios y coleccionando insultos y amenazas de muerte. Diecisiete años después sería contratado por el Comité Olímpico para hacer de enlace con la comunidad negra. Peter Norman, el más desconocido de la terna, regresó a Australia y fue despreciado desde varios frentes, rejoneado por la prensa y por el gobierno. Tras ser expulsado del equipo olímpico y excluido de la participación en Munich 72, Norman siguió practicando atletismo, pero apartado del deporte profesional. Sufrió una lesión, tuvo que renunciar definitivamente a la actividad deportiva y pasó los últimos años alcoholizado. Murió de un ataque cardíaco a los 64 años. Smith y Carlos viajaron a Australia para llevar el féretro de aquél tipo que había quemado su carrera por apoyar los derechos humanos poniéndose una insignia en la solapa. Según declaró en varias ocasiones, lo hubiese vuelto a hacer.

Aquel triple gesto supuso una de las muchas grietas abiertas por quienes intentaban situar en la escena deportiva un discurso al margen de la función que habitualmente se le atribuía a las competiciones deportivas en la escena internacional: el monopolio de la agenda de significados políticos como patrimonio de las principales potencias. Los deportistas, más allá de los saltos, las carreras y los lanzamientos, tenían una función asignada al servicio de sus gobiernos y de eventuales campañas de propaganda nacional. En la segunda mitad del siglo XX esta representación de la cuota de orgullo nacional en las competiciones deportivas se materializaría a través del combate cultural durante el contexto de la Guerra Fría. Paralelamente a la contención de conflictos bélicos localizados en Hungría, Vietnam o Corea, el deporte saciaba y redirigía las pulsiones competitivas de la sociedad en un marco de reglas establecidas y asumidas por todas las partes. Con todos sus límites, se recreaba un lugar en el que la confrontación no implicaba el uso de bombarderos o gas mostaza.

La participación olímpica de la URSS a partir de 1952, ensanchó el escenario de las nuevas formas de confrontación política. El Comité Olímpico finlandés estableció cuidadosos itinerarios para que americanos y rusos no tuviesen encuentros fuera de los espacios destinados a la competición. Previamente, la inversión en el Dinamo de Moscú, al que la prensa británica bautizó como el equipo de "robots sin alma", había arrancado victorias a algunos de los reputados clubs ingleses en lo que sería un ensayo de la política deportiva de Stalin antes de meter los pies en una piscina olímpica. Las alineaciones fuera del campo empezaban a cobrar vida y la presión de los países nacidos de los procesos de descolonización se acabaría incorporando a la política deportiva. Una de las vinculaciones a gran escala con el gesto de los atletas en México sería el boicot de 32 países, la mayoría africanos, a los juegos de Montreal 76 a raíz de la cobertura de Nueva Zelanda al equipo sudafricano de rugby, país excluido por el racismo institucionalizado del apartheid. Los episodios de Carter contra Misha, la lectura mediática la victoria de Bobby Fisher o el eco de las Malvinas en el Estadio Azteca fueron algunos de los acontecimientos que dibujaban las entretelas de la relación entre deporte de altos vuelos y política.

Si en el siglo XX las competiciones ofrecían estas efervescentes dosis de significado político, el siglo XXI ha dado paso a la incorporación de nuevas y refrescantes dinámicas. A medida la consistencia de la soberanía política de los estados se ha ido licuando, el deporte profesional ha asumido un itinerario en el que los símbolos identitarios y la representación nacional o política quedan cada vez más relegados a las prácticas más descarnadas de un fenómeno estrictamente comercial. El fútbol de élite se ha convertido en el ejemplo más acabado de espectáculo mercantilizado y cesarista, ocupando el espacio de la atención mediática deportiva a golpe de codazos y cheques. La propia evolución del aparataje societario de los clubs ha creado nuevos álbumes de cromos con adorables animales mitológicos. La distancia entre la imagen de 'El Tarangu' fumando un cigarro en una etapa del Giro y la de Messi y Cristiano Ronaldo en pugna por los réditos de sus sociedades en paraísos fiscales representa, en cierto modo, los estilos y el tipo de vicios de generaciones diferentes de grandes deportistas. En el tejido empresarial que da forma a todo esto florecen grandes próceres al frente de constructoras, especialistas en marketing, amistades con jueces, negocios en los palcos y aportaciones a fundaciones de partidos. Estos días nos tomamos el primer café con el ocaso de la versión degradada de Richard Widmark en ‘Noche en la ciudad’ pero sin el contrapunto de la ética paisana de Gregorius en el horizonte: Sandro Rosell en prisión incondicional por blanqueo de capitales ya tiene su propia arteria en el corazón de la Marca España como fórmula de cohesión territorial.

En el deporte base el terreno de juego también ha cambiado, y a pesar de los agujeros negros es capaz de superar la mirada melancólica de los recuerdos infantiles. Por más que los espectadores nostálgicos de las marcas en el papo del pétreo balón Mikasa lloren lágrimas reptilianas evocando un pasado idealizado en el que posiblemente no aguantarían ni media temporada, resulta difícil negar la creciente calidad de los recursos con mejores equipamientos y la tímida apertura del espacio del deporte femenino que, sin embargo, sigue arrastrando el sometimiento a una posición subalterna. La desaparición de espacios públicos en los que germinaban pistas improvisadas de grija para derrapar con la bicicleta en el centro de un cruce de carreteras o porterías imaginarias delimitadas por montones de jerseys, han dado paso a un vaciamiento de las plazas públicas, pero también a un mayor número de centros deportivos públicos, clubs con fuerte implantación local y canchas abiertas. Por otra parte, los recortes presupuestarios de los últimos años se han cebado en los deportes menos mediáticos y en muchas instalaciones periféricas, afectadas por la colonización vegetal que va cubriendo sus gradas como si fuesen lápidas de un cementerio romántico. Queda mucho por hacer en un ámbito en el que las resistencias de los sectores más rancios sigue teniendo una presencia importante en la organización de las comunidades deportivas y en la influencia de las generaciones más jóvenes. Y sobre todo esto, incluso quienes jugamos pachangas hasta las cejas de SOMA, tenemos algo que decirles: No sufran.

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