Con las uñas sucias como Beryl Swain - El SOMA

Con las uñas sucias como Beryl Swain

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero; mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
- Antonio Machado

No somos, ni más ni menos, que un cúmulo de circunstancias pasadas que vamos sumando a cada día tachado en el calendario y a sueños venideros.

En mi maleta de viaje van envueltas cuidadosamente imágenes de niña haciendo deberes en la oficina de un taller mecánico, el tacto de un manillar de la Ossa Phantom al que se aferraban unas diminutas manos de ocho años en un circuito de motocross, horas de siesta materna en aquel kiosco imaginario que vendía exclusivamente revistas ochenteras de “Motociclismo” y el olor del viento mañanero de un domingo agarrada a la cintura de un padre enamorado de una Cagiva, a la que acabaría traicionando con otra latina de nombre poco agradecido: Monster.

Mick Andrews

Aprendí durante mi infancia que la magia de este deporte podía grabarse en VHS y a golpe de “pause”, estudiando cada curva, soñé que algún día levantaría mis dos dedos para saludar al señor Kevin Schwantz, que me miraba cada noche desde el póster del armario.

Es evidente que el determinismo biológico ha pesado más que el social en muchas mujeres que, en lugar de ocupar un impuesto asiento de copiloto oficial de los respectivos novios, amantes o amigos, hemos decidido pilotar nuestros propios deseos.

Ser fémina en un ambiente prioritariamente masculino resulta, sin duda, muy gratificante y motivador, porque cada nombre de mujer que se sube a una moto y compite contra sus compañeros es ejemplo de superación de una educación anclada en estereotipos, que, afortunadamente, vamos dejando atrás.

La polémica se avivaba en las últimas semanas, a pocos días del Gran Premio de MotoGP de Jerez. Los “tradicionalistas” se enfrentaban al sector feminista que pretende la desaparición de la figura de las chicas del paraguas en la parrilla de salida, argumentando que son tratadas como simples trozos de carne.

Podríamos dejarnos de radicalismos y plantearnos, en verdad, cuál es el criterio que se tiene a la hora de seleccionar a mujeres cuyo único acometido es la sujeción de un paraguas y el lucimiento de publicidad sobre sus cuerpos. No tengo noción de haber contemplado a ninguna señora que haya dejado atrás los treinta, ni a otra poca agraciada en sus dotes físicas…

No podemos hablar sólo de discriminación machista, puesto que también asistimos a la visión estremecedora de chicos en mallas protegiendo a un número ínfimo de corredoras durante los últimos años. La imagen resulta igual de ridícula por la poca aportación al deporte como tal.

Lo que realmente genera seguidores es un mundial en abierto, apto para bolsillos no privilegiados, en el que, como ocurre este año, se debatan el título en cada curva un grupo de variopintos pilotos. Lo que hace escuela es el enfrentamiento generacional de un Valentino Rossi que defiende el poder de la veteranía frente a Viñales, que llegó por la puerta de atrás y parece querer ocupar el lugar de Márquez, más curtido y conservador.

Desde hace bastantes años ha quedado patente que en España está la mejor escuela de motociclismo a nivel mundial, que apuesta por jóvenes promesas que nos representará en un futuro muy cercano, pero a quien la Federación Española dio la espalda en su momento, considerando que se debían retirar los incentivos económicos a las mujeres.

Damos por hecho que en una sociedad paritaria debe tener cabida una competitividad profesional real, en igualdad de condiciones, alejada de favoritismos o discriminaciones sexuales.

Y me viene a la cabeza del nombre de Laia Sanz, que dejaría atrás a cualquiera de esos nuevos catedráticos del motor. Esos hombres imperceptibles hasta la llegada de Alonso o Márquez al televisor, que exponen sus clases magistrales en los bares de cualquier barrio, discutiendo si neumático duro o blando y que si el Sacacorchos ha de tomarlo así o asá. Esos mismos que se mofan haciendo corrillo cuando una opina que Lorenzo debería hacerse a su nueva moto y no a la inversa, porque Ducati es de otra raza.

Quizá un titular en algún periódico no vendría mal para recordar que el desierto es duro, y que Laia ha estado ahí, desde que no levantaba un palmo del suelo, hasta llegar a una de las pruebas más competitivas.

Algunas preferimos vestirnos de cuero y ensuciarnos las uñas en lugar de adornarnos con tules de princesas. Ansiamos la primera línea en la Isla de Mann y emular a Beryl Swain, primera mujer en correr este a quien le fue retirada su licencia internacional por considerar este deporte “demasiado peligroso” para las mujeres, antes que tostarnos en una playa paradisíaca de pulserita y todo incluido.

Afortunadamente, quienes aman de verdad las dos ruedas y conocen a fondo los entresijos de este deporte aplauden nuestra inclusión en un mundo lleno de tabús anacrónicos. Sin ir más lejos, el televisivo Arguiñano confiará en María Herrera para las filas de AGR en Moto3, quien aconseja a su sucesora, Beatriz Neila, que no la tenga como referencia en las carreras por ser mujer, sino que tome como modelo siempre a quien ocupe el primer puesto.

Alicia Sornosa, Mar Acebes, Sandra Denise, María Herrera, Rocío Gómez, Adelina, Juana o Pepa… Marc, Maverick, Pol o Valentino… da igual. Del mismo modo que al buen seguidor le resulta imposible la elección entre MotoGP, Superbikes, Trial o Motocross… La pasión es la misma: belleza, riesgo y velocidad.

“Cuando se creó a la mujer se necesitaron planos muy diferentes a los del hombre” afirmaba un analítico y engominado agente Cooper en Twin Peaks. Es una suerte que así sea, para beneficio de todos.»

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Autor

Eva Seco Morato

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