Cabalgando a lomos de un corcel - El SOMA

Cabalgando a lomos de un corcel

“Para los hombres, la bicicleta en sus comienzos era un mero juguete, pero para las mujeres, se traba de un corcel con el que poder cabalgar hacia un nuevo mundo”
-Susan B. Anthony

“La postura sobre la bici, el esfuerzo inconsciente de mantener el equilibrio y el sobreesfuerzo físico tienden a producir ‘cara de bicicleta (…) Un rostro normalmente enrojecido, pero a veces pálido, a menudo con labios más o menos demacrados, un comienzo de ojeras oscuras y una expresión cansada”. En 1895 el Literary Digest se hacía eco del temor expresado por la medicina victoriana de las peligrosas consecuencias que el uso de la bicicleta tenía en las mujeres. Como bien apuntaba Susan B. Anthony la bicicleta significó un factor determinante en la liberación femenina. Por primera vez las mujeres tuvieron acceso a un medio de transporte asequible, accesible, que permitía la autonomía, otorgaba libertad de movimiento y ponía en funcionamiento el cuerpo femenino. Todos estos aspectos no pasaron desapercibidos a los sectores más conservadores de la sociedad victoriana que iniciaron una campaña contra el uso de la bicicleta por parte de las mujeres. La propia vestimenta femenina victoriana, diseñada para limitar los movimientos supo adaptarse a las necesidades de la máquina y con el paso del tiempo la indumentaria usada para montar en bicicleta, más ligera, menos encorsetada, contribuyó también a dotar de mayor libertad a las mujeres. Las bicicletas hicieron a las mujeres más libres, más independientes y también más sanas. Para la mayoría de nosotras el uso de la bici, bien sea como medio de transporte sostenible, para practicar deporte o por mero uso recreativo, es algo natural. Pero aún existen mujeres que se enfrentan a los prejuicios y desafían los normas del decoro impuestas a las mujeres, tal es el caso de Marina Jaber, artista irakí que se pasea en bicicleta por su país demostrando así que las bicicletas también son para las mujeres.

La práctica del deporte es probablemente una de las actividades que más y mejor nos ha empoderado a las mujeres pues no solo nos otorga independencia y libertad, además nos da pleno poder y conciencia sobre nuestros cuerpos. En el deporte el cuerpo femenino se transforma en una máquina de precisión, del que tomamos plena posesión y control. Y, a pesar de que el mundo del deporte no es ajeno al sexismo y que por ello tanto los medios de comunicación como la publicidad cosifican el cuerpo de las mujeres deportistas y atletas, al igual que el cuerpo del resto de las mujeres, transfonmándolo así en objeto de deseo y consumo, también es cierto que el cuerpo mujer en el deporte queda completamente desvinculado a su función sexual y reproductiva. En el deporte somos dueñas y señoras de nuestro cuerpo.

Esta función empoderadora y liberadora de la práctica del deporte femenino se ha visto frenanda históricamente por las restricciones sustentadas en el decoro y en la moralidad tradicional cristiana. De inmoral e indecoroso se tildó el uso de la bicicleta y ninguna disciplina deportiva practicada por mujeres se ha librado de esta acusación y de las consecuencias de estas restricciones, bien sea en forma de prohibición o de burla. No es extraño hoy en día que los reproches hacia las mujeres deportistas se den en forma de chanzas, menospreciando o minusvalorando las marcas y los méritos de las mujeres deportistas. Tampoco es extraño que el reparto tradicional y la definición de los roles masculino-femenino se refleje en el mundo del deporte y se llegue a pensar que existen deportes propios de hombres y otros más adecuados para las mujeres. De ahí que no sea extraño aún oir que el deporte deforma, afea, el cuerpo femenino. Sigue siendo normal acusar a las atletas de ser mujeres estéticamente masculinizadas. Hace unos meses la tenista Serena Williams era protagonista involuntaria en Twitter tras ganar Wimbledon cuando algunos usuarios se refirieron a su cuerpo como algo más propio de un varón.

Mujer montando en bicicleta

No es de extrañar, por tanto, que en aquellos países donde los derechos de la mujer se ven amenazados y atacados, la práctica del deporte sea una disciplina rodeada de tabús e impedimentos, tanto legales como morales, para las mujeres. Arabia Saudí y Brunei han vetado durante muchos años la participacion de sus ciudadanas en competiciones deportivas, en Irán, el prejuicio del decoro obliga a las mujeres a ocultar su cuerpo, las deportistas han de llevar batas, pantalones largos y la cabeza cubierta, vestimenta que está prohibida por muchos reglamentos, sus nadadoras solo están autorizadas a competir ante un público y ante jueces femeninas. Todo esto implica que, de facto, las deportistas iranies estén excluidas de las competiciones internacionales. Aunque bien es cierto que cada vez es más frecuente la presencia de mujeres de países árabes y de tradición musulmana en las competiciones internacionales: Olimpiadas, Mundiales, Amistosos..., han de hacerlo siguiendo unas estrictas normas de comportamiento y unos códigos de vestimenta que chocan con lo que el espectador occidental identifica con la normalidad deportiva. Desde los Juegos de Pekín las deportistas países islámicos o árabes como Irán, Afganistán, Emiratos Árabes, Omán, Bahrein, Yemen y Egipto se han visto obligadas a competir tocadas con el velo islámico o alguna de sus variantes, mientras que las deportistas de Arabia Saudí solo pueden participar en los Juegos Olímpicos si se comprometen a hacerlo con "el uso de ropa adecuada que cumpla con la sharia (ley islámica), la compañía de un tutor masculino en todo momento y no se mezclan nunca con hombres durante los Juegos". Las limitaciones en el desarrollo del potencial deportivo de estas restricciones es evidente si se comparan las marcas obtenidas y, en muchas ocasiones, impiden que las mujeres puedan desarrollar sus carreras deportivas en libertad, así, por ejemplo, la iraní Nasim Hasampur, que era una destacada gimnasta, se vio obligada a cambiar su especialidad ante la imposibilidad de presentarse en público en mallas, otras veces las deportistas se ven en la necesidad de emigrar para huir de las presiones y de las amenazas, como en el caso de la argelina Hasiba Bulmerka, ganadora de los 1500 en Barcelona 92 y que tuvo que exiliarse en Europa ante las amenazas de los grupos integristas por correr en pantalón corto y por su negativa a cubrirse la cabeza en público. Más allá de las restricciones en la indumentaria, resulta profundamente desgarrador la insistencia en la prohibición de la convivencia entre hombres y mujeres. Esta segregación estricta, que llega a extremos de prohibir la presencia de entrenadores masculinos o el mero contacto con cualquier tipo de varón entre el público o entre los jueces o árbitros, violenta los principios del deporte moderno, basado en los valores de la convivencia y la igualdad y significa, en muchos casos, la exclusión de las mujeres del mundo moderno y su reclusión y aislamiento.

Las polémicas suscitadas por la vestimenta de las mujeres musulmanas generan todo tipo de reacciones y titulares y, si bien es cierto que a priori estas restricciones indumentarias resultan un impedimento para la práctica deportiva y una manera de aislar a las mujeres, tampoco están muy alejadas de las imposiciones que ciertas federaciones deportivas imponen a sus federadas, uniformes que inciden en la sexualización y la cosificación del cuerpo de las atletas. No nos quedan muy lejos los casos del uniforme del equipo femenino colombiano de ciclismo o la intentona de la Federación de Voley Playa de imponer una vestimenta que las propias jugadoras calificaron de inadecuada y sexista.

Algunas marcas deportivas han diseñado prendas que se adaptan a las normas del decoro y que al mismo tiempo resultan tecnicamente eficientes y ergonómicas. Si bien es cierto que lo ideal sería que ninguna mujer tuviera que ser sometida a ningún tipo de imposición sobre su forma de vestir y de vivir, esta solución resulta una medida positiva porque permite que las mujeres musulmanas puedan participar en competiciones deportivas en igualdad de condiciones que el resto y ayudarán a mejorar sus marcas y resultados. Con mejores marcas y resultados su presencia en las competiciones internacionales será habitual, estas mujeres podrán viajar, relacionarse con otras deportistas, ganar seguridad y conseguir mayores cotas de libertad y control sobre su cuerpo.

La Carta de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Convención de las Naciones Unidas recogen la necesidad de la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres. Es complicado gestionar las tensiones que ocasiona en los estados de derecho la conciliación del respeto por la libertad religiosa con la defensa de los fundamentos de dicho estado de derecho, entre ellos la defensa de la igualdad efectiva y legal de las mujeres. En las sociedades modernas multiculturales este tipo de tensiones suelen acabar dirimiéndose por la vía del derecho. Pero la defensa de la libertad religiosa no puede servir de excusa para justificar y tolerar la discriminación de las mujeres, entre otras muchas razones porque los fundamentos del Estado de Derecho descansan en la defensa de que las leyes son de obligado cumplimiento para toda la ciudadanía y al mismo tiempo la ciudadanía es depositaria de los mismos derechos sin distinción de raza, religión, género u orientación sexual. Resolver esas tensiones y conciliar la defensa del estado de derecho con la la libertad religiosa es clave para la convivencia sana y para evitar los guettos y el aislamiento.

Pero sería un error mayúsculo entender y defender que aquellas personas que hacen una interpretación estricta de los principios religiosos han de ser amparadas por las leyes cuando dicha intrepretación implica cualquier tipo de discriminación por razones de género u orientación sexual. Permitir que las familias impidan la práctica deportiva amparada en prejuicios religiosos, abre la puerta a la exclusión de las mujeres y las niñas y les impide su integración real en la sociedad y al mismo tiempo deja el campo libre para que ese impedimento se extienda también al resto de actividades, asistencia a la escuela, acceso al trabajo, matrimonios forzados...

No podemos amparar en un Estado de Derecho la existencia de nuevas Leyes Jim Crow como las promulgadas en EEUU que amparaban la segregación racial racial bajo el mantra «separados pero iguales». Tenemos la obligación de facilitar la integración poniendo facilidades, el uso del burkini, aunque chocante a ojos occidentales es una herramienta que facilita que muchas mujeres y niñas puedan salir del espacio doméstico y tomar el espacio público.

El Tribunal de Estrasburgo, en un sentencia histórica, falló en el caso de una pareja Suiza que se negaba a permitir que sus hijas asistieran a las clases de natación mixtas, obligatorias en el sistema educativo suizo, acogiéndose a la libertad religiosa, que en este caso sí existía una ligera "injerencia en la libertad religiosa" pero que los derechos de las menores a ser protegidas de la exclusión social prevalecía sobre la práctica religiosa del padre y la madre. "El interés de esa enseñanza no se limita a aprender a nadar, sino que reside sobre todo en el hecho de practicar esa actividad en común con todo el resto de alumnos". En Alemania el propio Tribunal Constitucional ha avalado sentencias similares en las que se niega la exención de la niñas musulmanas de las clases de natación mixtas, obligatorias en varios países europeos tales como Alemania y Bégica.

El deporte surge así en primer lugar como una actividad en apariencia conflictiva pero cuya práctica acaba conviertiéndose en un perfecto motor de integración social, empoderador para las niñas pues les otorga control y autonomía en el funcionamiento de su propio cuerpo y facilita la interacción social.

En las sociedades libres ninguna persona debe de ser excluída de ninguna actividad por razones de género, raza, religión y orientación sexual, y, al igual que las primeras ciclistas, a lomos del deporte las mujeres podrán calbalgar hacia un nuevo mundo.

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Autor

Silvia Cosio

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