¿A qué jugamos? - El SOMA

¿A qué jugamos?

1. El terreno de juego.

La importancia que ha adquirido el deporte en la vida cotidiana es descomunal. No hay más que reparar en la constante y creciente presencia de noticias deportivas en los medios de comunicación, el sinfín de programas especializados en eventos deportivos o la incalculable retahíla de sitios web y comentarios en las redes sociales.

A quien haya nacido en la primera mitad del pasado siglo probablemente le resulte sencillo concluir que la presencia del deporte en su vida se ha incrementado notable y cómodamente. Al menos, si por tal entendemos la cantidad de información recibida actualmente o la posibilidad de mantener una conversación más o menos informada sobre eventos deportivos de gran popularidad. Algo que, por otra parte, es muy parecido a lo que ocurre en cualquier otro ámbito social.

Kathrine Switzer tratando de ser agredida en la maratón de Boston en 1967

Muchos de estos aficionados al deporte recordarán el saludo “black power” de Tommie Smith y John Carlos en los Juegos Olímpicos de México de 1968 como un símbolo de desobediencia civil y denuncia de la persistencia de la segregación racial en Estados Unidos. Menos serán los que recuerden las amenazas y persecución a las que fueron sometidos en su país como consecuencia de ello. Sin embargo, quizá muy pocos recuerden que un año antes Kathrine Switzer, logró inscribirse en la maratón de Boston facilitando únicamente las iniciales de su nombre y finalizar el recorrido pese a la oposición y agresiones del director de la carrera, que no tuvo empacho en apearse del vehículo oficial para tratar de expulsarla a hostia limpia al grito de “¡no ensucies mi puta carrera, guarra!”.

Pero para quienes hayan nacido en las dos últimas décadas del siglo pasado las cosas no son necesariamente así. Para esta generación, el deporte es algo consustancial a su educación y desarrollo personal. Quizá por ello esta generación es la que ha más ha contribuido a comentar y difundir en las redes sociales la negativa de Colin Caepernick a saludar la bandera americana en protesta por la discriminación que aún padecen los afroestadounidenses y a continuar apoyando este gesto tras las amenazas que contra él profirió Donald Trump, y que a punto están de dar al traste con su brillante carrera profesional. Pero tampoco esto es muy diferente de lo que ocurre en cualquier otro ámbito social. Los salones de cualquier casa están plagados de guerrilleros y deportistas de sofá.

En medio se encuentra esa generación transicional que recibió una insuficiente educación, también deportiva, y para la cual el deporte representa bien una afición que han cultivado contra viento y marea, bien algo ajeno a sus vidas. La desproporción que alcanza el deporte en la actualidad es para esta generación algo a lo que, como ya es habitual, llega tarde aunque perfectamente formada para hacerse una idea de su complejidad.

La diferente percepción generacional del deporte sirve para comprender la importancia que tiene la educación, también la deportiva, en nuestras sociedades. En ausencia de ella, el deporte exuda testosterona, es un juego de hombres en el que las mujeres tienen prohibido participar. Así ocurría en los antiguos Juegos Olímpicos y también en los de la modernidad. Si en los primeros se prohibía la participación y acceso de las mujeres al Estadio Olímpico bajo sanción de la pena capital, baste con recordar, en relación con los segundos, la tardía incorporación de las mujeres a ciertas competiciones olímpicas, como la maratón (JJOO de Los Ángeles 1984) y el boxeo (JJOO de Londres 2012). Hechos tan sólo explicables desde un paternalismo tan extraño al lema olímpico como imposible de justificar.

2. Jugar en igualdad.

El patio del colegio es el lugar idóneo para aprender muchas cosas y, en especial, para aprender a jugar en igualdad. Los que tengan memoria, y quieran recordar, guardarán alguna imagen del patio del colegio, aquel que los niños ocupaban con sus pelotas jugando al juego de ser los hombres que esperaba la sociedad. Una imagen que a buen seguro ellas nunca habrán podido olvidar.

La educación, también la deportiva, ha permitido reconquistar lentamente los espacios prohibidos y compartirlos para jugar en igualdad. Hoy la práctica deportiva se ha extendido entre hombres y mujeres como sinónimo de salud social; la participación de atletas femeninas y masculinos rondó en las últimas olimpiadas la paridad y, en general, el deporte femenino va ganando cierta asiduidad en los medios de comunicación y redes sociales. Todo esto es cierto y es conveniente no olvidarlo, pero no es menos cierto que es tan sólo una parte de la realidad.

La otra, la cara oculta, es más difícil de explicar por razones de espacio y por otras muchas más.

En atención a la primera prescindiré de ahondar en la obviedad. Soy consciente de que quedan fuera de este análisis muchas cuestiones importantes, entre ellas los 400 millones de niños y niñas que viven hoy en situación de pobreza extrema y que ni tienen patio ni colegio en los que aprender y jugar. Pero aun a riesgo de ser parcial prefiero detenerme en otro aspecto que atañe directamente al deporte, que es fiel reflejo de nuestra sociedad.

3. Jugar limpio.

El fair play o juego limpio es, amén de un concepto muy amplio, un valor fundamental de la práctica deportiva. Pero para jugar limpio hay que poder jugar. Los casos de exclusión de las mujeres de las competiciones deportivas, como los anteriormente referidos, gozan de tan poco sustento moral que atentan contra el núcleo del concepto de juego limpio en cualquier acepción que se le quiera dar. Pero ni esos casos son los únicos ni deben hacernos perder de vista otros con el mismo marchamo de identidad.

La dirección de las instituciones deportivas internacionales y nacionales de toda índole es, como Soberano®, cosa de hombres. Para no levantar más sospechas de parcialidad mencionaré tan sólo el esfuerzo denodado que ha realizado el Comité Olímpico Internacional (COI) en los últimos años para incorporar a mujeres en los puestos de dirección. De acuerdo con el propio COI la presencia de mujeres en las comisiones aumentó un 38 %, en 2017, que implica casi un 70 % de incremento en relación con 2013. Es decir, los datos ofrecen una visión nítida de la composición de las comisiones del COI hasta hace un lustro, pero nada indican sobre la posición que ocupan actualmente las mujeres incorporadas en los cargos de dirección. Por supuesto esta situación está muy lejos de lo que ocurre en el resto de instituciones deportivas, lo que deja a juicio de cada uno la decisión de reír o llorar.

4. Las reglas del juego.

La ausencia de mujeres en los cargos de dirección de las instituciones deportivas quizá ayude a comprender algunos aspectos odiosos de las reglas deportivas pero en nada contribuye a su justificación. Sirvan como ejemplo las famosas reglas de hiperandrogenismo como criterio de idoneidad de las deportistas, vigentes hasta hace poco menos de dos años en el reglamento de la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF). A ellas debemos la vergonzosa exclusión de la atleta sudafricana Caster Semenya, campeona mundial de atletismo en Berlín 2009 y medalla de plata y oro en los JJOO de Londres 2012 y Río de Janeiro 2016, respectivamente, y de la campeona india Dutee Chand. No me extenderé sobre estos asuntos. Baste tan sólo con mencionar que a resultas de la apelación de Chand, la IAAF se vio obligada a suspender las reglas de hiperandrogenismo que había modificado pocos meses antes a causa del caso Semenya. Con lo sencillo que hubiera sido reparar en que, si la presencia de andrógenos en el cuerpo del atleta tiene importancia, ha de tenerla en ambos sexos por igual. Como demoloderamente argumentara Chand, esas reglas no solo atentan contra la igualdad deportiva sino también contra la dignidad. Nada muy diferente de lo que ocurre en dos tipos de exclusiones deportivas y por extensión sociales que urge encarar. La primera afecta a los y las atletas transexuales, las segundas a quienes se reclaman deportistas de género neutro. Ambas son cuestiones de género pero ambas cuestionan la solución tradicional. La dignidad es lo que nos jugamos no dejándolas jugar.

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Autor

Alberto Carrio Sampedro

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